domingo, 27 de noviembre de 2011

Entre la niebla. Liga Cross Cabrerizos. 2ª Carrera


Los designios del running son inescrutables. Al cabo del año varías de condiciones físicas, anímicas, climáticas y geográficas, tantas veces como días sales a correr. Un día puedes encontrarte corriendo bajo la lluvia, otro quejándote del sol inclemente, o del excesivo calor; unas veces parece que las piernas se hubieran vuelto de madera, otras, el recorrido se te queda corto. Ayer tocaba sin embargo, correr entre la niebla. Tanto daba que lo hiciéramos al nivel del mar, como hacerlo por las llanuras charras, a más de 800 metros, puesto que la densa bruma no nos permitió apreciar el paisaje. Y conste que estas tierras tienen su encanto paisajístico. Ya me imaginaba la silueta de Salamanca desde la loma del vértice geodésico, o la vega del Tormes, o los amplios horizontes de La Armuña, tierra feraz, de criadores de cabras, de moriscos y de cultivadores de lentejas. Las cabras y los moriscos sólo quedan en la toponimia, Cabrerizos, Moriscos, Castellanos de Moriscos, aunque estoy seguro que muchos llevamos sangre en las venas de aquellos musulmanes a los que obligaron a bautizarse para poder permanecer en este territorio. Menos mal que las lentejas no tienen religión y que cuentan con la Denominación de Origen Lenteja de la Armuña, que protege e impulsa su cultivo. La cuestión es que nada de esto pudimos apreciar, porque la niebla lo cubría todo. Ya nos resultó difícil encontrar el pueblo, al que quisimos acceder por un atajo, lo que casi nos ocasiona un serio problema ya que estuvimos a punto de quedar atascados con el coche de Marta entre los barros de un camino que prometía acortar distancias, pero tras casi hora y cuarto de viaje, casi un record de tardanza para cubrir 43 kilómetros, pudimos llegar con el tiempo justo para quitarnos el chándal. Y eso gracias al GPS de Alex, que al final nos llevó al destino, porque la orientación con 10 metros de visibilidad es imposible y las señales de tráfico no aclaran mucho. O sea, que directos a correr, sin calentamiento previo, es decir, fríos, como el tiempo. Porque no sólo es que hubiera niebla, es que las bajas temperaturas habían producido el fenómeno que conocemos como cencellada, que no es otra cosa que la congelación de la niebla en la vegetación, formando cristales de hielo que cubren árboles, ramas, hierbas y plantas. Precioso. Dejé de notar el frío a poco de la salida y casi me arrepentí de correr con ropa térmica. Lo cierto es que corriendo te sobra todo, pero no es menos cierto que si vas con poca ropa y no tienes para abrigarte nada más llegar a la meta, puedes quedarte como estaban ayer las pajas de las cunetas, por lo que hay veces que es preferible salir con algo más de ropa. Salí con Marta y prácticamente hicimos la carrera juntos hasta un par de kilómetros antes de meta en que se quedó un poco rezagada debido a que llevaba el perro, si no de qué voy a poder aguantarla el ritmo. Miré un par de veces hacia atrás por ver si venía y entrar juntos, pero no la vi. Entró prácticamente detrás de mí, a 9 segundos. Vi pasar a Fran, que iba como un tiro, a Chelís, y a Ángel. Al que no pude ver fue a Álvaro. Luego me contó que había entrado a los 40 minutos con Castro. Y eso que le acaban de operar, cómo aquel que dice. Tampoco pude ver a Manolo, ni a Pedrito, ni a Alex. En una encrucijada del camino tuve la alegría de encontrarme a Fernando Rollán, el “líder”, al que prácticamente no había vuelto a ver desde que acabamos la licenciatura en Historia Moderna allá por el año 87 y que estaba de organización. No me pude parar, pero le grité que me buscara en Facebook, porque al año que viene hará 25 años que terminamos de estudiar y bien merecerá una cena. Por lo demás, la carrera tenía algunos tramos duros. Había una cuesta de cemento a la salida de Cabrerizos que resultó bastante dura. Todas las que se inclinaban hacia arriba se me hicieron largas, porque literalmente no veías el final, pero son cosas de la niebla. Yo por si acaso decidí subir a un ritmo llevadero, por aquello de “si quieres llegar a la cima como un joven, sube la montaña como un viejo”. Lo que me pareció de agradecer fue que el último kilómetro fuese cuesta abajo, que siempre ayuda a llegar a la meta con un poco más de resuello. Por lo demás, buenas sensaciones y logré bajar de los cinco minutos (4’55 según la organización, un par de segundos menos según mi reloj), o sea que jornada completa. Veremos cómo se nos da la siguiente.

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