jueves, 1 de junio de 2017

Nos conquistó la Reconquista


Para las cuestas arriba quiero a mi burro,
Que las cuestas abajo, yo me las subo. 

En este asunto del correr influyen muchos factores de cara al rendimiento de cada uno. No es lo mismo tener 25 años que 50, ni entrenar de forma sistemática que hacerlo en plan anárquico, ni aspirar a ganar que conformarse con llegar, ni pesar 54 que 88. 
Foto de grupo
Aquí, comparto con Gabi Ruano, patrocinador del C.A.Macotera, la teoría de que tendrían que hacer una clasificación por pesos, al estilo del boxeo, o al menos, que los más delgados tuviesen el detalle de acarrear una mochila con el lastre correspondiente para hacerse una idea de lo que nos cuesta a algunos no parar en el arcén cuando la carrera se pone cuesta arriba. Otra cosa sería que los más robustos hiciésemos algo para quitarnos peso de encima, pero eso es harina de otro costal y material para otro post. A lo que voy: habitualmente sufro corriendo, eso lo llevo de serie;  las cuestas arriba, o me sacan de punto o me dan la puntilla; pero, al llegar arriba y emprender el descenso, la fuerza de gravedad me ayuda más que a los finitos y puedo recuperar el aliento y algún tiempo del que cedo en la subida. Eso ha sido así hasta este sábado en Cangas de Onís, o lo que es lo mismo, en la MM Ruta de la Reconquista. No pretendo ponerme pretencioso ni hacerme el interesante, pero os puedo asegurar que hice un ascenso relativamente cómodo hasta el kilómetro 9, que puse la reductora para salvar los últimos 2 kilómetros hasta el santuario de Covadonga, y que llegué arriba jadeante pero satisfecho y gozoso pensando que lo peor ya estaba hecho, que aún tenía fuerza en las piernas y resuello en los pulmones para entrar en meta con el tiempo previsto en la porra de Gabi: 1 hora, 51 minutos

Subiendo con alegría
Mi tocayo JL Martín Herrera hizo a mi lado toda la subida y podrá corroborar lo que aquí escribo. A Maxi y a Mako, solo los vimos cuando ellos bajaban y nosotros aún nos enfrentábamos a las últimas (t)rampas. Estos dos van a otro ritmo y ya se nos hacen inalcanzables. Realmente, tenía tanto miedo a lo que pudiese venir que estuve reservón toda la ascensión y como me había imaginado un calvario de casi 11 kilómetros y sólo fue de dos, pues me las prometía tan felices y pensé al llegar al santuario de Covadonga que la cosa no había sido para tanto. Ya, ya. 

Descendiendo con esfuerzo
Comenzar a descender es un alivio. Los pulmones cogen aire, el corazón afloja el ritmo y el cuerpo se recupera. Eso si eres capaz de controlar la bajada y no te lanzas a tumba abierta corriendo a ritmos inalcanzables. Procuré no embalarme mucho, pero es como tratar de frenar en un tobogán. Sabía que un poco más adelante los porcentajes se suavizan y podría coger mi ritmo. Así, intentando regular, llegué al 15 y luego al 16 y las piernas estaban como palos y las zapatillas se agarraban al asfalto y en lugar de bajar parecía que subiera. Me sorprendió comprobar que las rampas se me hacían mucho más pronunciadas en el descenso que cuando iba subiendo. No tenía la percepción de que hubiésemos trepado por cuestas con tanto porcentaje. 

La cosa comienza a suavizarse a partir del 18, pero con terreno claramente favorable. Aquí ya iba desconcertado y con la sensación de que no era capaz de entender lo que estaba pasando. Esos tres últimos kilómetros los corrí más deprisa subiendo que bajando, es decir, que la bajada se me puso cuesta arriba. Inexplicable, porque no era cuestión de fuerzas, ya que llevaba en el estómago una buena ración de fabada asturiana convenientemente digerida, excepto la morcilla, que quiso estar también presente en la cueva de la santina.  Agradecí como nunca el manguerazo de los bomberos en el 20, que me refrescó el cuerpo, me dio algo de chispa de cara al tramo final y que consideré un anticipo de la refrescante ducha que me esperaba en la llegada. Llegué chorreando sudor por la visera de la gorra como si fuera un alambique y empapado de arriba abajo. 
Llegar es lo más importante, para los que no estamos destinados a ganar.
Creo que el calor, la humedad, la engañosa dureza de la subida, la morcilla de la fabada, la vespertina hora y el sobrepeso propio se confabularon en mi contra para mortificarme en una bajada que se me antojó interminable e incomodísima. No me da vergüenza decirlo, al fin y al cabo, por estos parajes se bajó de la bicicleta el gran Miguel Induráin. Empleé en el trayecto 1 hora y 56 minutos, casi media tarde, pero con la alegría de oír a Carmen y a Trini y a Rocío dándome ánimos en la recta de meta, se me pasó el cansancio. No se sabe la emoción que da esto hasta que no oyes gritar tu nombre cuando estás a punto de terminar, ni el gustazo que da llegar. Hay quien cree que a los corredores lo que nos gusta es correr, pero yo creo que lo que más nos gusta es cruzar la meta y parar de hacerlo. Ese momento es indescriptible. 


Representación peñarandina
Comentando después la carrera con Maxi, Jose y con algunos corredores del Club de Macotera, pude constatar que todos habían tenido sensaciones parecidas a las mías (excepto con el asunto de la morcilla). 
Tan solo Juan, Mako, me dijo que había bajado como una centella y con buenas piernas, pero su caso es especial ya que es fruto del cruce entre mujer asturiana y varón macoterano, por lo que está genéticamente predispuesto para digerir fabadas o morcillas, sean o no macoteranas, sin resentirse lo más mínimo.  Imagino que a Roberto y a Juan tampoco se les atragantó nada, a juzgar por el paso que llevaban cuando nos cruzamos con ellos en el 8,5. Eso es correr, lo nuestro, aunque discurra por los mismos trazados, no puede ser el mismo deporte.

Tras el tremendo sofocón, sólo pensaba en una ducha fresca y reparadora, pero cuando abrí la puerta del vestuario parecía que entrara en un baño turco. Apenas se veía con el vapor de la estancia. Menudo calor. El agua salía abrasadora, como para escaldar tostones. Ni se aguantaba, ni podía regularse, o sea que a lavarse al grifo del lavabo. Negra suerte la mía.  Pues nada. El mundo al revés. Bajo peor que subo y para una vez que quiero agua fría, sale hirviendo. En fin. Menos mal que por primera vez en mi vida tuve ocasión de recibir un delicioso masaje de piernas al terminar la carrera. Para quedarse dormido.

Para acabar el día y tras la cena, tuvimos una exhibición de diferentes modalidades de baile a cargo de JL Martín Herrera, en un pub de Arriondas, bajo la atenta mirada de la azafata de Brugal, que lo miraba sorprendida; de la de su mujer, que no le quitaba el ojo de encima; y de las nuestras que no dábamos crédito ni a la longitud de las piernas de la azafata ni al marchoso y bien acompasado bailarín. Un magnífico momento. Un día fantástico y un fin de semana inolvidable. Veréis por qué.

Con una pequeña Xana que encontré en la ruta
El domingo por la mañana, al desfiladero de Las Xanas, un precioso y espectacular paseo por parajes de soberbios farallones calizos, de vegetación exuberante, de profundos barrancos y con un arroyo que discurría encajado al fondo del valle y del que oíamos el rumor del agua sin llegar a verlo, hasta que un punto de la ruta nos lo hizo accesible para contemplar una poza en la que vertía una pequeña cascada, bajo un palio vegetal que no dejaba pasar los rayos del sol. Un lugar mágico, como Las Xanas que dan nombre a la ruta, y que son hermosísimas ninfas que pasan las horas peinando sus largos cabellos rubios y contemplándose en el reflejo del agua de las fuentes y de las pozas de los ríos. Yo tuve la suerte de toparme con una Xanina en lo más frondoso del bosque. Mirad la foto-prueba si no lo creéis. 

Con otra Xana
Dicen que el hambre es el mejor ingrediente que se le puede poner a la comida, pero yo creo que hay alguno más, como la sencillez de una mesa casera, la alegría de una buena compañía, la abundancia de una refección asturiana, la contundencia de la cocina tradicional, la maestría en las proporciones, la calidad en los productos, la alquimia en los tiempos y el cariño en la elaboración. Todo eso junto es el delirio. Casi se me saltan las lágrimas cuando probé el sabor espectacular del pote, o la deliciosa crema de cangrejo. Cuando llegué al tercer plato de la exquisita fabada me brotaba tanto sudor como el día anterior subiendo las rampas de Covadonga. Y es que aquí te ponen de comer a tolva. Pasé casi sin enterarme por el cabrito, y ascendí a las altas cotas de lo sublime con el portentoso arroz con leche de casa Generosa, que así se llama el establecimiento que contribuyó a que Asturias vuelva a ser un paraíso a reconquistar las veces que sean necesarias. De hecho, me da por pensar que las huestes musulmanas no pretendían otra cosa de esta hermosa tierra que obtener la receta de la fabada, cosa que debió cabrear a Don Pelayo que ya veía futuro en ese plato, a juzgar por la cantidad de restaurantes que llevan su nombre.  No sé si volveré a correr la Ruta de la Reconquista, pero haré todo lo que pueda por volver a sudar comiendo fabes. Me tienen absolutamente conquistado.



 Agradecimientos: Gracias Falogo, gracias Gabi, gracias Remi, gracias Pepa, gracias Roberto y Juan, Braulio, Vicente..... Muchas gracias a todos y todas por vuestra generosidad, por acogernos con los brazos abiertos, por integrarnos con sonrisas y buen trato y por agasajarnos como si fuésemos miembros de vuestro club. Yo también me sentí uno de los vuestros: ya visteis que en la comida me puse “morado”, en mimético homenaje al color de vuestro atuendo.


Imagen del grupo




miércoles, 18 de enero de 2017

Paradinas se supera. ¡Que sea por muchos años!

Podríamos decir que la Carrera del Roscón y yo llevamos caminos  paralelos, puesto que añadimos un año más a nuestra historia en torno al 6 de enero. Puede que sea por eso que la tengo tanto aprecio, aunque también es posible que tenga algo que ver el hecho de que es una carrera que se organizó en su primera edición a instancias de mis queridos Esther y Juan Antonio "Mako" y en beneficio de la AECC; o que se celebra en Paradinas, a la puerta de casa, como aquel que dice,  y que es un lugar lleno de buenas gentes y en el que me siento cómodo y bien tratado;
o quizás porque transcurre por caminos que suelo transitar a menudo con otros compañeros de correrías, alguno de ellos paradinenses; o  porque es una carrera generosa con los corredores y que se supera año tras año en el agasajo a todos los que en ella participamos; o puede que sea por el magnífico ambiente que se genera en torno a la misma; o por su carácter benéfico; o porque además de las citadas virtudes, es económica, integradora, estimulante y gastronómica, o porque gran parte del pueblo se desvive para que las cosas salgan bien; en fin, son muchas las razones para acudir a Paradinas en la primera semana del año. Yo, creo que no he fallado ninguna y mi intención es seguir acudiendo a la cita al menos hasta la edición XVI, que coincidirá con mi 65 cumpleaños y puede ser también la de mi jubilación, de lo que no estoy tan seguro, puesto que cuánto más me arrimo a ella (a la jubilación), más para allá me la llevan, por lo que es muy probable que me toque llegar hasta la XX si quiero llegar a correrla en condición de pensionista. 

De momento, me conformo con llegar a la meta al menos en el mismo minuto de la edad que cumpla cada año, aunque he de decir, por presumir un poco, que en esta ocasión he tardado 3 minutos menos en completarla que el año pasado y apenas un minuto más que en 2013, en concreto 49’18”, lo que supone una buena marca dado mi edad, que podéis deducir del párrafo anterior, y de mi condición física de percherón, más adaptado al trote cansino de mulo viejo que al galope veloz del pura sangre Roberto Bueno, que se ha marcado este año el récord de la prueba sin despeinarse. A decir verdad, yo tampoco me despeino, porque tengo la ventaja de estar desmelenado desde que tenía 40 años. Puede que para entonces pueda conseguir algún pódium, siempre y cuando a la organización se le ocurra hacer una clasificación por pesos, igual que en el boxeo, porque con la de edad está visto que no tengo nada que rascar. En cualquier caso ya estaré atento para que cuando barrunte que no sonrío al pasar bajo el puente, o que sufro en cada zancada del prado, o  o que me vea llegando a meta al borde del cierre del control, llamar a mis inseparables José Luis Martín Herrera y Maxi, adquirir el dorsal O y esperar tomando una cerveza en El Quinto con el bueno de Andrés hasta que lleguen los últimos, que para ese menester yo creo que también tendremos resistencia. 

 Y, desde luego, comprar unas papeletas para el sorteo, que reparte porcentualmente muchos más premios que la Lotería Nacional, y coger los vales de comida y disfrutar de la compañía y de la amistad, que es al menos tan saludable como el deporte. Vamos, que pienso seguir acudiendo de forma indefinida como muestra de apoyo a la carrera, a la organización y a la causa, por lo menos hasta que el médico me prohíba probar la caldereta, o mi pensión me permita pagar unas cervezas. ¡Que sea por muchos años!

lunes, 21 de noviembre de 2016

Micología en San García

¡Cómo he disfrutado este fin de semana! No es sólo que haya podido dedicar el tiempo a una actividad que me gusta, es que he me ha sido posible hacerlo en compañía de gente que me quiere y a la que quiero y en un escenario emocionalmente incomparable para mi: San García de Ingelmos, el pueblo de mi madre y el lugar en el que he pasado muchos y felices momentos de infancia y juventud. El motivo, en esta ocasión, ha sido la invitación de la Asociación Salobre, a través de Julio, su presidente, para organizar unas jornadas micológicas, que se resolvieron con una gran participación de público. El viernes por la tarde, pude mostrarles una presentación de iniciación a la micología, con algunas recomendaciones y consejos que pudieran resultar útiles para la salida del día siguiente. En torno a una veintena de personas tuvieron a bien acudir a escucharme, cosa que les agradezco profundamente, especialmente a Adela, a Damián, con el que al día siguiente compartí comida, a mi amigo Antonio, a José Luis y Edu y a mi hijo Isaac. Aquí la dejo para que repase el que tenga interés en el tema. 

El sábado por la mañana nos tocaba recogida de ejemplares, para su posterior clasificación y montaje en una exposición efímera, como corresponde a la naturaleza del material, pero no por eso menos rigurosa. Nos juntamos unas 25 personas que recorrimos diferentes hábitats a lo largo de la mañana: robledal, praderas, pinar, ribera, chopera y encinar. A pesar de la escasez de lluvias y del terreno seco, todavía pudimos clasificar unas 50 especies diferentes y sobre todo, pasar una deliciosa y soleada mañana en el campo, con grata compañía y con una sorpresa añadida: De regreso al pueblo, Edu y sus chicos, que forman el grupo La Caraba, nos estaban esperando para amenizar la llegada con música tradicional de dulzaina, gaita y tamboril. 

Siguieron tocando durante la comida. Creo que es un gesto desinteresado, altruista, generoso e impagable. Durante unas horas San García se llenó de gente, de música, de algarabía, de movimiento. Un gustazo. Otra agradable sorpresa fueron las patatas meneás que preparó para todos Carmen Blázquez Salinero, con sus torreznos correspondientes y que a todos nos supieron a gloria. El flan casero con nata alcanzó la categoría de sublime, a mi parecer. Tras la comida, y con la inestimable ayuda de Lillo, de Juan Carlos, de Mónica y de Carmen, pudimos dejar lista la exposición como colofón de la jornada y para disfrute de aficionados o curiosos que quisieron acercarse durante todo el domingo. Para la clasificación pude contar, aunque fuese de forma online, con la sabiduría micológica de Tino Huidobro, que me ilustró sobre algunas especies que yo no acertaba a identificar.


No faltaron más detalles, puesto que en nombre de la Asociación Salobre, Julio me hizo entrega de un queso y una botella de vino, gesto que agradezco profundamente, a pesar de sentirme más que pagado con el cariño, los recuerdos, los abrazos y la compañía de tantos amigos y familiares como los que me precio de tener en este pueblo. Mi pueblo. 


Gracias a todos por un fin de semana inolvidable. Encantado y feliz de haberlo pasado y disfrutado con todos vosotros.

martes, 27 de septiembre de 2016

Autorretrato lingüistico


Texto que escribí a petición de mi querida Mercedes Ruiz @londones para celebrar el Día Europeo de las Lenguas, que se celebra el 26 de septiembre y que Mercedes publicó en el sitio web http://diaeuropeolenguas2010.blogspot.com.es 




Soy castellano. Lingüisticamente,  castellano viejo. Genealógicamente no lo creo, puesto que el color morucho de mi piel remite a posibles antepasados mudéjares, de los muchos que vivían en estas tierras aledañas a La Moraña, que no es otra cosa que “tierra de moros”.  Digo esto por poneros en situación y por tratar de encontrar una explicación lógica a mi gusto por las palabras que comienzan con al-, como aljibe, alquitara, alacena, alambique, albillo, alcoba, algazara, almíbar, almohada, almuerzo (aunque esta es de origen latino), alubias y algunas otras similares que evocan alegrías y pitanzas.  Hecha esta apreciación, quiero aclarar ahora eso de que soy castellano viejo en la cosa de la lengua. Lo digo porque aprendí a hablar con los dichos y expresiones del campo, del ambiente rural y agrario, de la gente vieja de los pequeños pueblos de esta Castilla mísera. Además, como hijo de esta tierra, soy leísta, o laísta, o loísta, que no lo sé con certeza, aunque tampoco puede decirse que tal cosa me quite el sueño. 
Mis antecedentes rurales me pusieron en contacto con una forma de hablar que durante unos años me avergonzó. Ya se sabe, me parecía paleta y anticuada.  Crecí en un idioma  que se sustentaba en el vocabulario de los aperos  y las labores de la tierra y en  los dichos y refranes que mi padre utilizaba para reforzar sus argumentaciones.  Aún hoy conservo esa costumbre y me gusta tuitear un refrán todos los días con la etiqueta #refranero. Recuerdo también oírle cantar canciones que hablaban de oficios perdidos, costumbres o personajes de cada  pueblo:  En Coca vive el tío Pepe, el de la panza pequeña, se puso a comer garbanzos, se comió fanega y media. En Macotera tratantes, de la lana blanca y negra...  A ver si se me ocurre algo para llevarlo también al Twitter….
 En mi casa se llamaban arvejones a los guisantes, albañal al desagüe, zolacha a la azuela,  garrapo al cerdo, bieldo a la horca, bujero al hoyo, faldriquera al monedero; fardel, costal, mancera, cedazo, romana, garrobas, arnero, modorro, eran términos familiares que me alejaban de mis compañeros de clase que se mofaban de tal vocabulario porque ellos ya usaban estuches de plexiglás, en lugar de plumieres de madera y tenían en su casa sillones de skay en vez de sillas de espadaña, y usaban loden en lugar de angüarinas y llevaban gafas Rayban, y llamaban plato al tocadiscos y bafles a los altavoces, mientras yo trataba de integrarme en un lenguaje que me resultaba increíblemente moderno comparado con el que usaban mi abuelo y mis padres.  En contraste, y por parecer un mozalbete enterado y culto, comencé a memorizar expresiones latinas del  tipo Quo usque tándem abutere Catilina patientia nostram,  diálogos de personajes de novela y diversos párrafos literarios que memorizaba completos y que me servían para sorprender a esos que me tildaban de pueblerino. ¿Qué se creían? Exhibíanse politiquillos zafios con orejas kilométricas y uñas de gavilán, era una de ellas, (de rabiosa actualidad, ¡ahora que caigo…!), Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a cuantos de la apacibilidad de su vivienda han gustado,  frase versátil y aplicable a cualquier pueblo o ciudad con tal solo cambiar el comienzo y que me permitía quedar bien con todo el mundo, o La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera que mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura, útil en el galanteo y cosas así. El hecho es que esa voluntad de alejarme de mis orígenes lingüísticos me condujo a un mundo de abundantes lecturas, que logró ampliar mi vocabulario y abrirme las entendederas. 
Sin embargo, hay un elemento lingüístico que va adherido “de serie” a cada hablante y que desvela nuestros orígenes geográficos. Es algo de lo que no puedes despegarte nunca, así estudies el español como lengua vehicular, o seas jurista, labrador, ministro, políglota o astronauta. Me refiero al acento. El mío es el propio de la zona en la que me he criado, meseteño y un tanto cantarín y pueblerino por el hecho de que alargo mucho las vocales. Hubo un tiempo en el que traté de disimularlo, pero ahora me gusta. Además, me sirve para despistar al personal sobre mi lugar de origen ya que esa forma de hablar se asemeja a la de los gallegos, o más bien a la de los asturianos. A veces me dicen, ¿eres de Asturias? , -Si. -¿Y de que parte de Asturias?  -Del mismo Asturias.
Pasada la edad de la tontuna, comencé a ver en los autores clásicos algunas de las expresiones que usaba mi abuelo y a darme cuenta de que lo que yo pensaba que eran cosas de paletos, habían sido expresiones cultas en otro tiempo, o tenían por detrás una interesante etimología, o eran palabras en desuso, o arcaísmos que nos aclaraban la evolución de algunas locuciones.  Y que los refranes son píldoras de sabiduría popular, que te ayudan a recordar fechas, tareas, o te hablan del tiempo o de la condición humana, y que Cervantes eligió esa forma de expresión, que ponía constantemente en boca de Sancho, pero también de Don Quijote, para legarnos el habla y el pensamiento de la época.  Y que las canciones tradicionales eran aún en mi niñez un vestigio vivo de la transmisión oral del conocimiento.
Lo que son las cosas, ahora me satisface recordar y utilizar palabras que aprendí entonces y que están moribundas por su falta de uso. Digamos que había que estar muy modorro para no haber visto antes que somos depositarios de un acervo cultural que hemos de difundir y conservar. Y es que como me decía mi abuelo, siempre he sido un testarrón, aunque eso era antes, ahora en todo caso soy un obstinado, que es mucho más fino,  ¡ande vas a contimparar….!

sábado, 6 de febrero de 2016

Plasencia: más que una media.



En la salida. Frescos, sonrientes, con las fuerzas intactas.

La Media Maratón de Plasencia no es una más. Tiene carácter, personalidad y un trazado precioso y entretenido en el que se alternan tramos de tierra y de asfalto. Discurre en gran parte de su recorrido  a orillas del Río Jerte desde el que se contemplan en algunos momentos las cumbres de Gredos, poco nevadas en este año de primaveral invierno. Resulta especialmente agradable transitar por La Isla, parque fluvial cercano al centro de la ciudad,  repleto de árboles y un auténtico vergel para los que llegamos desde las tierras áridas de la meseta.  

Por La Isla. Flanqueado por Maxi y David (427 y 99)
Los primeros kilómetros se corren, como suele suceder, pasados de vueltas, sobre todo en la bajada hacia el río. Se llega a mitad de carrera casi en un suspiro gracias a un perfil ligeramente favorable, las ganas y el buen ambiente. En realidad, es en ese punto cuando uno sabe cómo se encuentra. Si en el 11 estás mejor que en la salida, es que el día puede resultar favorable para hacer una buena marca. Si, por el contrario llegas apretado, lo más razonable sería aflojar el ritmo y tratar de trasladar el comienzo del calvario lo más cerca de la meta que se pueda. Digamos que mis aguerridos escoltas en esta prueba, Maxi Albarrán, con el que entreno habitualmente, ya que como él dice, “hacemos buena yunta” por nuestros ritmos similares y una condición física y mental muy parecida,  y David Oliver, el avezado maratoniano con el que corrí el último tramo de la MM de Navalmoral de 2013, en la que conseguí gracias a él, mi mejor marca personal en una media, me llevaron a un ritmo vivo desde el comienzo. En ocasiones me costaba seguirlos, pero aflojaban la marcha y volvíamos a cabalgar juntos, aunque estaba claro desde el primer avituallamiento que era el más débil de los tres, el que más resoplaba y el que maduraba más deprisa. No obstante, fueron kilómetros de charla amena y de enorme satisfacción. Ponerte al día, escuchar el golpeteo de las zapatillas en el suelo, acoplar el ritmo al de los compañeros hasta sincronizar los pasos de forma inconsciente, notar que el corazón se acelera y que la respiración se agita, pero sentirte cómodo corriendo…..Esas sensaciones a veces contradictorias son la esencia de quienes tenemos esta afición y difícilmente pueden ser comprendidas por alguien que no las ha experimentado. 

Buena yunta
Puente de piedra sobre el Jerte. Comienza la parte dura
Pude acompañar a Maxi y a David, gracias a su generosidad, hasta el Km 18. “Cada uno que se las arregle como pueda a partir de aquí” les dije. Y así fue. En cuanto el terreno se puso cuesta arriba, yo fui entrando en barrena. Lo cierto es que la primera rampa es demoledora: te rompe el ritmo, te sube las pulsaciones y como no regules se convierte en un obstáculo insalvable. Detrás de la primera vienen otras cuestas y también requiebros por las callejas de Plasencia, y pavimentos duros de canto rodado y de granito. Sálvese quien pueda. Yo, desde luego, no podía. Cuando las cuestas se empinan, la carrera es implacable con los que flojean. Tras de mí podía sentir los jadeos casi agónicos de otro corredor que aún tuvo fuerzas para gritar a alguien del público: “Esto es inhumano”. Yo, bastante tenía con luchar contra el deseo de pararme. Tenía que llegar a meta corriendo, entre otras cosas para acabar cuanto antes con el sufrimiento y el dolor de piernas.
Interminable. Así se me hizo la parte final de la carrera. Ya en la recta de meta, Carmen avanzó entre el público para ofrecerme llevar a la pequeña Lucía, la hija de Tony, un compañero del club hasta la línea de llegada. No me atreví a hacerlo por temor a que la niña se me cayera de los brazos, tal era el lamentable estado en el que terminé la carrera. Como muestra diré que en estos tres últimos kilómetros, mis compañeros me aventajaron en 3’. Menudo pajarón. Pero en eso reside también la adicción a este deporte, en la dureza, en el esfuerzo, en sentir el cansancio en el cuerpo, en la superación personal y sobre todo, en la lucha psicológica contra uno mismo, que te forja el carácter y la determinación y te fortalece mentalmente, sobre todo si desde el público alguien con una enorme barriga y un puro en la boca te grita que no puedes con los cojones. Cierto. Pero imaginarlo a él en la misma tesitura me hizo sonreír en tan delicado momento. 


Cuanto más inclemente haya sido el trayecto, mayor es la satisfacción de lograr terminarlo. Por eso siempre sonrío en las llegadas y procuro hacerlo también durante el trayecto, aunque vaya justito. Al fin y al cabo, corro para disfrutar de ello, aunque en casi todas las carreras me toque sufrir. 

José Luis y Tony
Rony quemando brócoli en la subida
Por lo demás, el día resultó magnífico en lo climático, inolvidable en lo social, novedoso en lo gastronómico e inigualable en lo artístico.  Mira que los conozco, pero Puerto y Cai siempre acaban sorprendiéndome con su entregada hospitalidad. Pendientes de nosotros desde antes de que llegásemos y dedicados íntegramente a nuestras necesidades hasta que nos volvimos a casa. Mi agradecimiento hacia ellos sólo puedo expresarlo mediante el cariño que los profeso a ambos. Tuve ocasión, además de volver a saludar a Mireya y Angélica, hermanas de Puerto y al igual que ella, amables y atentas con todos nosotros; a Antonio, con el que me comprometí a correr la Media de Monfragüe en el mes de octubre. A ver si puedo convencer a alguno de los que me acompañaron y que, al igual que yo, volvieron encantados con la carrera, con el trato recibido y con la ciudad. Fue un auténtico placer volver a correr con José Luis Paradinas, que nos tenía abandonados últimamente, acompañar a Tony a su primera media oficial y ver que Álvaro no ha perdido ligereza gracias al brócoli. Aunque en carrera no los huelo, es una gozada llevar tan excelente compañía. A ver si cunde el ejemplo y nos prodigamos más en salidas conjuntas. Y por último, no quiero acabar esta crónica,  sin hacer mención a las pequeñas Lucía y Daniela, que aguantaron sin rechistar todo el día. Y como no, a Paula, que redescubrió asombrada la ciudad en la que nació. Para cualquiera de los que tuvimos ocasión de estar allí el domingo, la Media Maratón de Plasencia no es una más. Seguro.

El grupo

viernes, 3 de julio de 2015

¡Sshhhh! ¡Silencio! ¡Esto es una biblioteca!



Esta frase resume en sí misma un modelo de biblioteca que agoniza, aunque sigue  teniendo vigencia todavía en los círculos bibliotecarios predigitales  y entre algunos usuarios intolerantes.  Este espíritu cartujo ha forjado una imagen de la biblioteca y de los bibliotecarios que será muy difícil quitarse de encima. Digo muy difícil, pero no imposible. Vivimos tiempos duros, tiempos inciertos, tiempos de cambio. Las bibliotecas han de reinventarse. Unas pueden optar por ser reductos de silencio y tranquilidad para lectores añosos y tiquismiquis y estudiantes agobiados e intransigentes.  Éstas se convertirán en anquilosados museos para lectores fósiles y tendrán poco futuro, aunque conservarán seguramente su orgullo de clase,   y al igual que el hidalgo del Lazarillo, irán poco a poco adelgazando hasta agotarse en sí mismas.  Otras optarán por abrirse a la sociedad, por impregnarse de ella, por generar nuevos servicios y por solicitar la palabra a quienes tienen muchas cosas que enseñar, mucho que compartir: las personas.  Las bibliotecas no somos nada sin ellas y sin embargo, las hemos impuesto silencio en nuestras salas durante décadas. Ha llegado la hora de pedirles que hablen.  El tema es lo de menos. Una de nuestras labores como bibliotecarios será convencerlos de que sus conocimientos son interesantes para nosotros y para el resto del público, que tienen mucho que aportar, que tienen cosas que decir y que pueden y deben compartirlas. A veces ni siquiera sabemos que sabemos, pero  cada persona es un libro, como en la novela de Bradbury, con la salvedad de que nuestra biblioteca humana, además de almacenar historias, contiene informaciones variopintas relacionadas con los oficios,  las aficiones, los gustos,  los pensamientos, o las  experiencias vitales.  Sacarlas a la luz es la nueva mayéutica bibliotecaria. La hemos experimentado y ha resultado altamente satisfactoria, para los usuarios y para la biblioteca.  Ellos han descubierto un espacio que a partir de ahora será suyo, nosotros nuevas formas de dar protagonismo a quienes verdaderamente han de tenerlo.  

miércoles, 4 de marzo de 2015

Por encima de mis posibilidades: Sevilla tuvo que ser.

Esta crónica quiere ser también un homenaje a todas aquellas personas que a base de constancia, tesón y esfuerzo son capaces de realizar cosas por encima de sus posibilidades, como por ejemplo, correr una maratón. Y no quiero señalar...

Si un adivino me vaticinase que de aquí a un par de años subiré el Everest sin oxígeno, pondría la misma cara que si hace cinco me hubiesen profetizado que lograría correr con cierta solvencia una maratón. Pues bien, hace unos días terminé con éxito la de Sevilla, mi segunda carrera en esa distancia mítica. Y lo hice con buenas sensaciones durante toda la carrera. No puedo decir que llegase fresco a la meta, pero sí que no terminé exhausto, ni vacío. De hecho, durante la tarde estuve paseando Sevilla durante otras cuatro horas, poco más o menos, las mismas que tardé en patearla por la mañana.  Y eso, para mí, que tengo 52 años, 83 kilos y una trayectoria antideportiva ejemplar, es un logro personal considerable.


Sólo los que corremos sabemos el trabajo que cuesta este deporte. Sólo quien se ha enfrentado a una maratón sabe lo duro que es entrenarla. Sin duda, peor que correrla. Sobre todo si tienes que prepararla en lo más crudo del invierno.  Esos días de modorra tras la digestión del cocido, arropado con las faldillas mientras fuera oyes soplar el viento, o ves el agua que golpea contra los cristales; o en los que el termómetro aconseja quedarse en el sillón porque el hielo no ha desaparecido de los charcos en todo el día; incorporarse y ponerse las zapatillas en momentos así para afrontar en solitario una salida de 90 minutos antes de que se haga de noche, tiene mucho mérito. 

En la salida.
Entrenar con agua, nieve, granizo, barro, un frío de mil demonios y sobre todo, con aire, maldito aire, que te va mermando las fuerzas, que te congela el sudor, que te frena, que te arrice de frío, que te agota, es casi una heroicidad. Ha habido un día, con Edu, en el que a falta de 3 Km para completar la tirada, ha comenzado a granizar y se ha levantado una fuerte ventisca. El granizo nos golpeaba la cara con fuerza, haciéndonos daño e impidiéndonos ver por dónde pisábamos. En menos de 5 minutos, la granizada nos puso como una sopa. Llegué a casa aterido de frío. Tengo la costumbre de aprovechar el primer agua de la ducha, esa que sale helada, para remojar y relajar las piernas, (ya sé que Cañete en ese tiempo se da una ducha completa, pero es que yo me ducho por encima de mis posibilidades), pero en aquella ocasión ese primer chorro de agua se me antojaba caliente: Imaginad cómo llevaba el cuerpo.  O la dureza de esas tiradas largas, en las que te das cuenta demasiado tarde que has elegido un mal camino, de esos que con humedad te cargan las zapatillas con más de un kilo de barro, haciéndote resbalar y poniendo a prueba tu capacidad de aguante; o la cantidad de veces en las que uno tiene que salir solo a entrenar, a veces a horas intempestivas porque no se ha podido antes. En fin, que cuando te ves en Sevilla, en la línea de salida, con otros 12.000 corredores, con la motivación por las nubes, a pesar de las dudas y las incertidumbres que plantean 42 Km por delante, con una temperatura de 9 grados sobre cero para comenzar y expectativas de llegar a 16, con el cielo azul y el sol de cara, piensas que seguramente, lo peor ya ha pasado. 
Por la Plaza de España
Tan solo queda disfrutar del momento. Bueno, eso se dice, pero disfrutar, lo que se dice disfrutar no es lo que más se hace en una carrera, aunque siendo tan larga uno pasa por diferentes estados físicos y anímicos. Mi preocupación principal consistía esta vez en no dejarme llevar por la euforia del momento, ni por la presión ambiental que te fuerza a correr más rápido del ritmo que te has marcado, que en mi caso consistía en hacer los primeros 10 Km en 1 hora y llegar a mitad de carrera en un par de horas. Este ritmo de rodaje me permitiría llegar con fuerzas al Km 30, en el que @gorkafm había quedado en incorporarse a la prueba para acompañarme los últimos kilómetros y a partir de allí, rematarla como pudiera. Los planteamientos de Manuel y Rony eran totalmente distintos a los míos, y es que aunque salimos juntos y corremos por el mismo circuito, cada uno compite en una liga, como dice @Lillomonte. Sólo hay que verlos.

Los tres intrépidos antes de correr.
Tuve que frenarme en varias ocasiones, en las que el rodar tranquilo me impelía a forzar un poco más la máquina. Aproveché cada avituallamiento para pararme a beber isotónico: Eso me obligó también a una parada técnica para desbeberlo. Comí un par de barritas y un par de plátanos. Incluso me atreví a probar,  ya en el 35, un gel de los que ofrecía la organización, porque el yogur con frutos secos que había desayunado por la mañana estaba ya amortizado. Caducado no, amortizado. Los caducados son los que desayuna Cañete, pero yo acostumbro a desayunar por encima de mis posibilidades. Caprichos.

En los 12 últimos kilómetros adelanté 1209 posiciones, posiblemente de gentes que se dejaron llevar por la alegría del comienzo. Fui capaz de mantener el ritmo hasta el 40, en el que Gorka me dejó prácticamente en el puente del Alamillo, para que viviese en solitario la experiencia de llegar a la meta. Su ayuda resultó esencial para mis pretensiones, porque me hizo muy llevadera la parte más crítica de la carrera, describiéndome cada monumento, cada calle, cada rincón, sin parar de darme ánimos, como buen amigo que es. Quiero mencionar también que puso el piso de sus padres a nuestra disposición, nos hizo de anfitrión y guía, y se portó como un auténtico caballero. 

No os engaño: Entré en meta rodeado de Keniatas.
Cuándo Gorka me dejó, me uní a un grupo de keniatas y no los solté hasta llegar a la meta, un poco desencajado y con las piernas duras como palitroques, pero henchido de orgullo y satisfacción. Como un rey, vamos. Orgulloso por no haber conocido el muro en esta ocasión, y satisfecho del planteamiento táctico de la carrera y por la motivación mental que me permitió acabarla sin problemas. ¡Ay,  si tuviera tanta fuerza en las piernas como en la cabeza!

Poco antes de entrar en el estadio, oí las voces de Carmen, mi mujer, y de Pardi y de Toñi y su marido que me jaleaban en los últimos metros. Me pudo la emoción y arranqué a llorar. Ya no pararía hasta cruzar la meta. De llorar, digo. Y de correr tampoco, que al fin y al cabo ya no quedaba nada. Entrar en el estadio a través de un túnel es una experiencia inigualable, como lo es pisar el tartán de la pista y recorrer por ella los últimos 300 metros.  La sensación es de las que no se olvidan. Una mezcla de cansancio, satisfacción, orgullo, euforia, emoción, recuerdos, alegría y dolor de piernas.  Eso sí es disfrutar. Según atravesábamos el arco de meta, los voluntarios nos colocaban una capa de plástico amarillo, con la que recibíamos nuestra merecida medalla de finalizadores. Como en una irreal escena de "Un mundo feliz" de Huxley, el túnel hacia el guardarropa parecía un ejército de amarillentos "epsilones", que caminaban con las piernas abiertas, a paso de procesión y balanceando ridículamente los cuerpos en busca del “soma” que se nos ofrecía en diferentes puntos (frutas, bebidas, algún alimento). Era todo un espectáculo, que no me paré a contemplar mucho tiempo puesto que sólo quería quitarme la camiseta sudada y encontrarme con Carmen y con los compañeros. Supe que Manuel había terminado en 2 horas 58’ y que Rony se había convertido por mor del tiempo marcado en el número pi del maratón, que es como la cuadratura del círculo: 3.14'16",  yo paré el cronometro en 4.07’58”.  Como no me gusta correr por encima de mis posibilidades, dejaré para otra ocasión lo de batir a Gebrselassie, de momento, tengo suficiente premio con acabar la prueba. 



Selfie del recién llegado a meta














Quiero dar las gracias a todos los que me han ayudado en esta aventura, en especial a mi mujer, que es la que más ha aguantado mis ausencias y mis molestias físicas, pero que me ha dado ánimos para continuar en la batalla, a mis compañeros del Club, por no dejarme solo en las tiradas largas, a Cristina, por darme pautas para que mis molestias en el metatarso no fueran a más, a Gorka, escudero imprescindible en lo más arduo del camino, anfitrión desinteresado y acogedor cicerone, a Pardi, fiel animador y animado acompañante, a Juan Alejo, sabio consejero , a Carmen, Vanessa y Susana por emocionarse con nuestras emociones, sufrir nuestros sufrimientos y alegrarse con nuestras alegrías.  También a la pequeña Daniela por lo que aguantó sin quejarse durante los dos días. Lo que no sé es qué pinta el impresentable de Cañete en esta crónica, si un hombre tan frugal y austero nunca habrá hecho nada por encima de sus posibilidades...