jueves, 1 de marzo de 2018

Nociones de piratería comparada

I - Yo fui pirata...todavía


Si los cuentos que narran los marinos,
Hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
De barcos, islas, perdidos Robinsones
Y bucaneros y enterrados tesoros,
Y todas las viejas historias, contadas una vez más
De la misma forma que siempre se contaron,
Encantan todavía, como hicieron conmigo,
A los sensatos jóvenes de hoy:
-¿Qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
Si tan graves jóvenes hubieran perdido
La maravilla del viejo gusto
Por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
O con Cooper y atravesar bosques y mares:
Bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
Dormir el sueño eterno con todos mis piratas
Junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños
Robert Louis Stevenson



Desde que tuve uso de razón quise ser pirata. No podía imaginar nada más emocionante. Los piratas no se aburren nunca. Cuándo no están surcando los mares tras algún galeón español cargado de oro, se entretienen  buscando tesoros en islas llenas de palmeras o viendo la vida pasar en las tabernas del puerto, rodeados de camaradas, soñando con sentar la cabeza y bebiendo ron. Para los ojos de un niño, no había mejor plan. Me imaginaba tumbado en una playa de arenas blancas, con un pantalón de rayas y amplia camisola abierta al pecho, con los pelos largos y las uñas sucias. Eso era vida, sí señor. Nada de hacer deberes al salir de la escuela, ni hacer los recados, ni ir a echar a comer a los cerdos, ni limpiar las zahúrdas. No creo que a un pirata le hiciesen bromas por tener las orejas grandes, ni por llevar los pantalones zurcidos. La vida de los piratas era el no va más para cualquier niño. Ni siquiera la de Julito, que tenía un armario lleno de juguetes, unos padres que le llevaban de vacaciones y un tío viviendo en Suiza, que le traía relojes, juguetes de madera y chocolatinas enormes se acercaba lo más mínimo a la apasionante vida de un pirata. Un pirata surca los mares cada vez que le viene en gana y puede tumbarse en una hamaca de cubierta, o bañarse cuando le apetezca en las aguas azules del Caribe sin tener que esperar a que sea sábado. No ha de estar preocupándose de dónde se sienta para no manchar los pantalones, incluso come directamente con las manos y se limpia los berretes con la manga de la casaca. Algunos llevan un loro sobre el hombro y le enseñan a hablar y a decir palabras gruesas. Se dejan crecer la barba y en lugar de peinarse pueden recogerse el pelo en una coleta, u ocultarlo bajo un pañuelo. Nadie les va a criticar por ello. Pueden dejarse barba, o pueden afeitarse, según convenga. Para ellos tales cosas no tienen ninguna importancia.  Por eso cantábamos en los recreos o en las excursiones aquella canción que era casi un himno:



La vida pirata es la vida mejor
Se vive sin trabajar, (sin trabajar)
sin estudiar, (sin estudiar)
¡Con la botella de ron!
Soy capitán (soy capitán)
de un barco inglés, (de un barco inglés)
y en cada puerto tengo una mujer….


Lo peor que tienen los piratas es que pueden dejarse una mano en cualquier abordaje, o perder un ojo, cosa muy corriente debido a las astillas de madera y a la metralla de los combates navales, e incluso una pierna, aunque los piratas no se amilanan por tan poca cosa. En las bodegas del barco siempre hay una buena colección de garfios, de patas de palo y de parches de ojo.  Incluso, en el código pirata, un mutilado tiene derecho a cobrar una cantidad como compensación al sacrificio de dejar partes de sí mismo en la refriega.  Ahora bien, no vayáis a pensar que todos los piratas que llevan un parche en el ojo lo hacen porque sean tuertos. No, no es eso. En las operaciones de asalto y abordaje, los marineros asignados a la santabárbara no podían subir a cubierta sin taparse uno de sus ojos, para tenerlo siempre acostumbrado a la visión casi nocturna de bodegas y pañoles. Igual  que si los véis con un aro en la oreja no debéis creer que lo hacen por ornamento, sino que cada aro representa las veces que se ha cruzado el Cabo de Hornos.
Como véis, no es la estética algo que preocupe mucho a la tropa pirata. Sin embargo,  siempre los caracterizó su pasión por la libertad. Ser libres y vivir sin ataduras son sus señas de identidad. Tan solo el Código de honor de la hermandad pirata, sellado con un juramento sobre una botella de ron  y un hacha de abordaje y rubricado con un trago pone límites a un pirata que se precie de serlo..


Por eso, siempre que podía, me escapaba con ellos, ya fuera en las frías tardes de los sábados invernales, o en las horas letárgicas de la siesta estival o de forma más frecuente, a la salida de la escuela. No había cosa más emocionante que pasar un rato en su compañía. Cualquier cosa podía suceder. Con un bocadillo en una mano y un libro en la otra, limpié cubiertas y sentinas, vigilé desde el carajo en lo alto de las cofas, trepé a las vergas para recoger las velas, me puse al remo de bateles y chalupas que se acercaban hasta el puerto desde el fondeadero, y realicé todo tipo de tareas hasta convertirme en un avezado grumete, pero ante todo, tuve ocasión de mezclarme con ellos y ser testigo de su peculiar forma de vida y visitar lugares que ni siquiera hubiese imaginado que existiesen. Tan pronto me encontraba en Malasia, Indonesia o Filipinas, como  me perdía en lugares exóticos sin ni siquiera salir de casa. Salgari me dio la oportunidad de conocer las junglas indias, las selvas de Borneo, los manglares indonesios, a los malvados thugs, adoradores de la diosa Khali y los mares del sudeste asiático, con unos guías legendarios: Sandokán, el tigre de Malasia, y su inseparable Yáñez, un portugués que acaba siendo marajá consorte. No existen mundos paralelos, ni realidad virtual que puedan igualarse con aquellas tardes de febril ensoñación. Viví como una pérdida propia la muerte de Lady Mariana, la perla de Labuán, que  nos dejó a Sandokán y a mi mismo sumidos en la más absoluta desesperación.


Busqué otros horizontes, otros paisajes: Había oído hablar de Las Antillas y de los piratas que habitaban las cálidas aguas del Caribe. Hasta allí viajé siguiendo la estela de un afamado noble italiano, Emilio di Roccanegra, señor de Ventimiglia, reconvertido a pirata para vengar la muerte de su hermano a manos del malvado gobernador de Maracaibo, el flamenco Wan Guld. En el primer capítulo de la obra, El Corsario Negro, pues de él se trata, se entera de  la muerte en la horca de sus otros dos hermanos, el Corsario Verde y el Corsario Rojo, por orden de su adversario. La aventura está servida. Ahora solo falta que el Corsario caiga rendido a los pies de una mujer. Y lo hace. Se enamora de la hija de su acérrimo enemigo: Honorata de Wan Guld. Cada rato libre, cada tarde, surcaba el Caribe en tal compañía.





Allí aprendí que piratas, filibusteros, bucaneros y corsarios no son la misma cosa, aunque lo parezcan. Todos ellos son considerados como ladrones del mar, si bien los bucaneros eran comerciantes que se asentaron en las zonas desiertas de La Española y dedicaban sus esfuerzos a la caza de ganado, del que preparaban su carne ahumándola en grandes parrillas. Esta carne o boucan, así tratada podía conservarse durante varios meses y ser vendida a los navegantes que frecuentaban la zona. La presión de las autoridades españolas para que pagasen impuestos a la corona convierte a muchos de ellos en piratas.
Los filibusteros son los piratas caribeños, que agrupados en la Cofradía de los Hermanos de la Costa, se refugian en La Tortuga o Santo Domingo. A veces son utilizados por los monarcas europeos para causar daño a los enemigos de turno, convirtiéndose así en una especie de corsarios. Dentro de la piratería, el corsario actuaba bajo el amparo de la ley y la tutela y protección de las corona inglesa, holandesa o francesa. En caso de ser capturados tenían derecho a ser tratados como soldados. La patente de corso les autorizaba a asaltar barcos y enclaves de las potencias peninsulares con el fin de entorpecer la actividad comercial y de paso obtener algún botín. Fueron famosos corsarios, Walter Raleigh, Francis Drake o Henry Morgan con el que viví alguna aventura inolvidable. También tuve ocasión de acompañar a Morgan cuando asoló Maracaibo y aún tengo un recuerdo nítido de aquellos días:


Avistamos la barra de Maracaibo a primeros de marzo de 1668 y tras una incursión nocturna al castillo que defendía la entrada a la bahía, que tomamos sin apenas resistencia, los 13 barcos de Morgan, con una tripulación de 500 hombres y un pequeño grumete, fondeamos en la bahía de Maracaibo. La ciudad había sido abandonada por sus habitantes. Morgan decidió formar grupos para ir tras ellos y arrebatarles joyas, caudales y otros objetos de valor. En estas andábamos, cuando se presentaron por allí tres barcos españoles de la Armada de Barlovento, que fondearon en la barra para bloquear la salida, dejándonos atrapados en una ratonera. Morgan utilizó un brulote para hacer estallar dos de las naves que cerraban el paso y tomó al abordaje la tercera. Aún quedaba sortear el fuerte de San Carlos, situado a la salida del lago de Maracaibo. Tras diversas escaramuzas, y cuando todo parecía perdido para los filibusteros, Morgan, engañó a los españoles haciéndoles creer que iniciaba un asalto por tierra, logrando que los cañones del castillo dejasen de apuntar hacia el mar y franqueando así la salida de su flota hacia el Mar Caribe.


También estuve presente en el famoso saqueo de Panamá, dos años después,
175 mulas cargadas de oro, plata y joyas fueron el botín obtenido. Se calcula que a Morgan le correspondieron mil libras, dinero suficiente para adquirir tierras en Jamaica y beber ron en las cantinas de Port Royal hasta el final de sus días.

Pero mi auténtica devoción por los piratas se desveló cuando conocí a Jim Hawkins, un muchacho de mi edad, hijo del dueño de la taberna conocida como Almirante Benbow. Allí se ocultaba el viejo pirata Billy Bones, lugarteniente y depositario del plano del tesoro del capitán Flint. Un mal día fueron en su busca: “Perronegro”, Johnny, Dirk, Pew y un terrible pirata ciego y cojo, portador de la marca negra, y me embarqué en la más apasionante aventura que nunca hubiese soñado: la búsqueda y el rescate del tesoro del capitán Flint, junto a Smollet, el doctor Livesey, Gray, Ben Gunn y el pirata John Silver. Me resulta imposible expresar con mis palabras las cosas que viví durante aquellos días, por eso tomo prestadas las del viejo Billy Bones. “Con estos ojos he visto tierras que abrasaban como la pez hirviendo, y a mis compañeros caer muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra moverse como la mar sacudida por terremotos.”  Sólo me resta añadir que sentí punzadas de miedo en estómago hasta el punto de quedar paralizado, que supe optar por  arriesgar mi vida para salvar la de un compañero, que luché con arrojo encomendando mi alma a Belcebú, pero que regresé a casa a la hora de cenar con la experiencia acumulada de un hombre adulto con apenas 15 años, pero marcado para siempre con el carácter libertario de la hermandad de la bandera negra ¿Te lo quieres perder?



II - Del cofre a la cuenta corriente: Corsarios sin bandera

Los llamaban piratas y eran proscritos, pero sus rapiñas no eran nada en comparación con el robo a gran escala que ejercían los corsarios en nombre del rey inglés y amparados por la ley, y desde luego, tan solo eran el chocolate del loro de lo que los españoles esquilmaban en Tierra Firme, en El Caribe, en el Golfo de Méjico y en todas las tierras americanas a su alcance. Al fin y al cabo, quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón. O al menos debería tenerlos, pero penosamente, son los ladrones oficiales los que retuercen las leyes a su favor y cargan las culpas de sus pecados sobre las espaldas de los desfavorecidos. Hoy me han vuelto a la cabeza  todas aquellas historias cuando he escuchado en las noticias que Panamá vuelve a estar infestada de ladrones. Parece que la querencia de los corsarios por El Caribe e islas aledañas no se ha modificado un ápice. Eso sí, ahora no llevan pañuelo a la cabeza, ni banderas negras izadas en el palo mayor de los navíos, ni sables de abordaje, ni tapan su ojo con un parche, ni necesitan un cofre para guardar los tesoros, pero con una corbata al cuello, una pluma estilográfica, una banderita española en alguna parte del atuendo y unas gafas Rayban, juntan en sus cuentas corrientes (mejor dicho, opacas; cuenta corriente es la mía, corriente y moliente) el fruto de sus rapiñas, de sus mordidas, de comisiones ilegales, del saqueo al que someten a la caja común.


Al igual que los antiguos corsarios tienen la protección de las leyes pero adicionalmente, ahora también la facultad de comprar al legislador. Puestos a elegir, me quedo sin dudarlo con aquellos piratas de leyenda, que al menos se regían por un estricto código del honor que les prohíbía mentir, robar a un compañero o engañar en el reparto del botín. Su castigo no era otro que el de ser abandonado como cimarrónes en una isla desierta, con una botella de agua y alguna munición, después de haber sido pasado por la quilla. ¡Qué menos!

Ya hace algún tiempo que dejé de frecuentar las historias de piratas, pero su propia mención me evoca momentos tan inolvidables, aventuras tan gloriosas, palabras tan sonoras, canciones tan pegadizas, poemas tan brillantes, viajes tan maravillosos, que en su memoria vengo a declararme bibliotecario pirata y homenajeando a la mía, visto mi avatar con la indumentaria y el aspecto de un pirata del Caribe. Y haciendo honor a esta honorable cofradía y a mi altruista oficio, pongo a vuestra disposición algunas de las obras que me convirtieron en lo que soy. Desde luego, son obras que pueden descargarse libremente de la red gracias a la generosidad de Libros en red y otros. Esto, por lo tanto y aunque pudiera parecerlo, no es un acto de piratería. Sí que es propio de corsarios, en mi opinión, cobrar 15€ por un simple PDF con DRM. Pero al igual que todos los ladrones, ya se arrepentirán cuando a medianoche se despierten sobresaltados oyendo la voz de ultratumba del capitán Flint que chilla en sus oídos:
¡Doblones! ¡Doblones!




Notas:

  1. Un brulote (del francés brûlot) es una embarcación cargada de materiales explosivos, combustibles e inflamables como pólvora o fuego griego, y dotado de arpeos en los penoles de sus vergas y del bauprés. Se destinaban a incendiar los buques de guerra enemigos fondeados o a destruir las obras de los puertos y los puentes tendidos sobre los ríos
  2.  Todo aquel que desee recrearse en el ambiente de la piratería caribeña debería conocer esta historia, narrada en primera persona por el mismísimo Jim Hawkins y que lleva por título La isla del tesoro. Un tal Stevenson la recogió y la puso en un libro.



jueves, 1 de junio de 2017

Nos conquistó la Reconquista


Para las cuestas arriba quiero a mi burro,
Que las cuestas abajo, yo me las subo. 

En este asunto del correr influyen muchos factores de cara al rendimiento de cada uno. No es lo mismo tener 25 años que 50, ni entrenar de forma sistemática que hacerlo en plan anárquico, ni aspirar a ganar que conformarse con llegar, ni pesar 54 que 88. 
Foto de grupo
Aquí, comparto con Gabi Ruano, patrocinador del C.A.Macotera, la teoría de que tendrían que hacer una clasificación por pesos, al estilo del boxeo, o al menos, que los más delgados tuviesen el detalle de acarrear una mochila con el lastre correspondiente para hacerse una idea de lo que nos cuesta a algunos no parar en el arcén cuando la carrera se pone cuesta arriba. Otra cosa sería que los más robustos hiciésemos algo para quitarnos peso de encima, pero eso es harina de otro costal y material para otro post. A lo que voy: habitualmente sufro corriendo, eso lo llevo de serie;  las cuestas arriba, o me sacan de punto o me dan la puntilla; pero, al llegar arriba y emprender el descenso, la fuerza de gravedad me ayuda más que a los finitos y puedo recuperar el aliento y algún tiempo del que cedo en la subida. Eso ha sido así hasta este sábado en Cangas de Onís, o lo que es lo mismo, en la MM Ruta de la Reconquista. No pretendo ponerme pretencioso ni hacerme el interesante, pero os puedo asegurar que hice un ascenso relativamente cómodo hasta el kilómetro 9, que puse la reductora para salvar los últimos 2 kilómetros hasta el santuario de Covadonga, y que llegué arriba jadeante pero satisfecho y gozoso pensando que lo peor ya estaba hecho, que aún tenía fuerza en las piernas y resuello en los pulmones para entrar en meta con el tiempo previsto en la porra de Gabi: 1 hora, 51 minutos

Subiendo con alegría
Mi tocayo JL Martín Herrera hizo a mi lado toda la subida y podrá corroborar lo que aquí escribo. A Maxi y a Mako, solo los vimos cuando ellos bajaban y nosotros aún nos enfrentábamos a las últimas (t)rampas. Estos dos van a otro ritmo y ya se nos hacen inalcanzables. Realmente, tenía tanto miedo a lo que pudiese venir que estuve reservón toda la ascensión y como me había imaginado un calvario de casi 11 kilómetros y sólo fue de dos, pues me las prometía tan felices y pensé al llegar al santuario de Covadonga que la cosa no había sido para tanto. Ya, ya. 

Descendiendo con esfuerzo
Comenzar a descender es un alivio. Los pulmones cogen aire, el corazón afloja el ritmo y el cuerpo se recupera. Eso si eres capaz de controlar la bajada y no te lanzas a tumba abierta corriendo a ritmos inalcanzables. Procuré no embalarme mucho, pero es como tratar de frenar en un tobogán. Sabía que un poco más adelante los porcentajes se suavizan y podría coger mi ritmo. Así, intentando regular, llegué al 15 y luego al 16 y las piernas estaban como palos y las zapatillas se agarraban al asfalto y en lugar de bajar parecía que subiera. Me sorprendió comprobar que las rampas se me hacían mucho más pronunciadas en el descenso que cuando iba subiendo. No tenía la percepción de que hubiésemos trepado por cuestas con tanto porcentaje. 

La cosa comienza a suavizarse a partir del 18, pero con terreno claramente favorable. Aquí ya iba desconcertado y con la sensación de que no era capaz de entender lo que estaba pasando. Esos tres últimos kilómetros los corrí más deprisa subiendo que bajando, es decir, que la bajada se me puso cuesta arriba. Inexplicable, porque no era cuestión de fuerzas, ya que llevaba en el estómago una buena ración de fabada asturiana convenientemente digerida, excepto la morcilla, que quiso estar también presente en la cueva de la santina.  Agradecí como nunca el manguerazo de los bomberos en el 20, que me refrescó el cuerpo, me dio algo de chispa de cara al tramo final y que consideré un anticipo de la refrescante ducha que me esperaba en la llegada. Llegué chorreando sudor por la visera de la gorra como si fuera un alambique y empapado de arriba abajo. 
Llegar es lo más importante, para los que no estamos destinados a ganar.
Creo que el calor, la humedad, la engañosa dureza de la subida, la morcilla de la fabada, la vespertina hora y el sobrepeso propio se confabularon en mi contra para mortificarme en una bajada que se me antojó interminable e incomodísima. No me da vergüenza decirlo, al fin y al cabo, por estos parajes se bajó de la bicicleta el gran Miguel Induráin. Empleé en el trayecto 1 hora y 56 minutos, casi media tarde, pero con la alegría de oír a Carmen y a Trini y a Rocío dándome ánimos en la recta de meta, se me pasó el cansancio. No se sabe la emoción que da esto hasta que no oyes gritar tu nombre cuando estás a punto de terminar, ni el gustazo que da llegar. Hay quien cree que a los corredores lo que nos gusta es correr, pero yo creo que lo que más nos gusta es cruzar la meta y parar de hacerlo. Ese momento es indescriptible. 


Representación peñarandina
Comentando después la carrera con Maxi, Jose y con algunos corredores del Club de Macotera, pude constatar que todos habían tenido sensaciones parecidas a las mías (excepto con el asunto de la morcilla). 
Tan solo Juan, Mako, me dijo que había bajado como una centella y con buenas piernas, pero su caso es especial ya que es fruto del cruce entre mujer asturiana y varón macoterano, por lo que está genéticamente predispuesto para digerir fabadas o morcillas, sean o no macoteranas, sin resentirse lo más mínimo.  Imagino que a Roberto y a Juan tampoco se les atragantó nada, a juzgar por el paso que llevaban cuando nos cruzamos con ellos en el 8,5. Eso es correr, lo nuestro, aunque discurra por los mismos trazados, no puede ser el mismo deporte.

Tras el tremendo sofocón, sólo pensaba en una ducha fresca y reparadora, pero cuando abrí la puerta del vestuario parecía que entrara en un baño turco. Apenas se veía con el vapor de la estancia. Menudo calor. El agua salía abrasadora, como para escaldar tostones. Ni se aguantaba, ni podía regularse, o sea que a lavarse al grifo del lavabo. Negra suerte la mía.  Pues nada. El mundo al revés. Bajo peor que subo y para una vez que quiero agua fría, sale hirviendo. En fin. Menos mal que por primera vez en mi vida tuve ocasión de recibir un delicioso masaje de piernas al terminar la carrera. Para quedarse dormido.

Para acabar el día y tras la cena, tuvimos una exhibición de diferentes modalidades de baile a cargo de JL Martín Herrera, en un pub de Arriondas, bajo la atenta mirada de la azafata de Brugal, que lo miraba sorprendida; de la de su mujer, que no le quitaba el ojo de encima; y de las nuestras que no dábamos crédito ni a la longitud de las piernas de la azafata ni al marchoso y bien acompasado bailarín. Un magnífico momento. Un día fantástico y un fin de semana inolvidable. Veréis por qué.

Con una pequeña Xana que encontré en la ruta
El domingo por la mañana, al desfiladero de Las Xanas, un precioso y espectacular paseo por parajes de soberbios farallones calizos, de vegetación exuberante, de profundos barrancos y con un arroyo que discurría encajado al fondo del valle y del que oíamos el rumor del agua sin llegar a verlo, hasta que un punto de la ruta nos lo hizo accesible para contemplar una poza en la que vertía una pequeña cascada, bajo un palio vegetal que no dejaba pasar los rayos del sol. Un lugar mágico, como Las Xanas que dan nombre a la ruta, y que son hermosísimas ninfas que pasan las horas peinando sus largos cabellos rubios y contemplándose en el reflejo del agua de las fuentes y de las pozas de los ríos. Yo tuve la suerte de toparme con una Xanina en lo más frondoso del bosque. Mirad la foto-prueba si no lo creéis. 

Con otra Xana
Dicen que el hambre es el mejor ingrediente que se le puede poner a la comida, pero yo creo que hay alguno más, como la sencillez de una mesa casera, la alegría de una buena compañía, la abundancia de una refección asturiana, la contundencia de la cocina tradicional, la maestría en las proporciones, la calidad en los productos, la alquimia en los tiempos y el cariño en la elaboración. Todo eso junto es el delirio. Casi se me saltan las lágrimas cuando probé el sabor espectacular del pote, o la deliciosa crema de cangrejo. Cuando llegué al tercer plato de la exquisita fabada me brotaba tanto sudor como el día anterior subiendo las rampas de Covadonga. Y es que aquí te ponen de comer a tolva. Pasé casi sin enterarme por el cabrito, y ascendí a las altas cotas de lo sublime con el portentoso arroz con leche de casa Generosa, que así se llama el establecimiento que contribuyó a que Asturias vuelva a ser un paraíso a reconquistar las veces que sean necesarias. De hecho, me da por pensar que las huestes musulmanas no pretendían otra cosa de esta hermosa tierra que obtener la receta de la fabada, cosa que debió cabrear a Don Pelayo que ya veía futuro en ese plato, a juzgar por la cantidad de restaurantes que llevan su nombre.  No sé si volveré a correr la Ruta de la Reconquista, pero haré todo lo que pueda por volver a sudar comiendo fabes. Me tienen absolutamente conquistado.



 Agradecimientos: Gracias Falogo, gracias Gabi, gracias Remi, gracias Pepa, gracias Roberto y Juan, Braulio, Vicente..... Muchas gracias a todos y todas por vuestra generosidad, por acogernos con los brazos abiertos, por integrarnos con sonrisas y buen trato y por agasajarnos como si fuésemos miembros de vuestro club. Yo también me sentí uno de los vuestros: ya visteis que en la comida me puse “morado”, en mimético homenaje al color de vuestro atuendo.


Imagen del grupo




miércoles, 18 de enero de 2017

Paradinas se supera. ¡Que sea por muchos años!

Podríamos decir que la Carrera del Roscón y yo llevamos caminos  paralelos, puesto que añadimos un año más a nuestra historia en torno al 6 de enero. Puede que sea por eso que la tengo tanto aprecio, aunque también es posible que tenga algo que ver el hecho de que es una carrera que se organizó en su primera edición a instancias de mis queridos Esther y Juan Antonio "Mako" y en beneficio de la AECC; o que se celebra en Paradinas, a la puerta de casa, como aquel que dice,  y que es un lugar lleno de buenas gentes y en el que me siento cómodo y bien tratado;
o quizás porque transcurre por caminos que suelo transitar a menudo con otros compañeros de correrías, alguno de ellos paradinenses; o  porque es una carrera generosa con los corredores y que se supera año tras año en el agasajo a todos los que en ella participamos; o puede que sea por el magnífico ambiente que se genera en torno a la misma; o por su carácter benéfico; o porque además de las citadas virtudes, es económica, integradora, estimulante y gastronómica, o porque gran parte del pueblo se desvive para que las cosas salgan bien; en fin, son muchas las razones para acudir a Paradinas en la primera semana del año. Yo, creo que no he fallado ninguna y mi intención es seguir acudiendo a la cita al menos hasta la edición XVI, que coincidirá con mi 65 cumpleaños y puede ser también la de mi jubilación, de lo que no estoy tan seguro, puesto que cuánto más me arrimo a ella (a la jubilación), más para allá me la llevan, por lo que es muy probable que me toque llegar hasta la XX si quiero llegar a correrla en condición de pensionista. 

De momento, me conformo con llegar a la meta al menos en el mismo minuto de la edad que cumpla cada año, aunque he de decir, por presumir un poco, que en esta ocasión he tardado 3 minutos menos en completarla que el año pasado y apenas un minuto más que en 2013, en concreto 49’18”, lo que supone una buena marca dado mi edad, que podéis deducir del párrafo anterior, y de mi condición física de percherón, más adaptado al trote cansino de mulo viejo que al galope veloz del pura sangre Roberto Bueno, que se ha marcado este año el récord de la prueba sin despeinarse. A decir verdad, yo tampoco me despeino, porque tengo la ventaja de estar desmelenado desde que tenía 40 años. Puede que para entonces pueda conseguir algún pódium, siempre y cuando a la organización se le ocurra hacer una clasificación por pesos, igual que en el boxeo, porque con la de edad está visto que no tengo nada que rascar. En cualquier caso ya estaré atento para que cuando barrunte que no sonrío al pasar bajo el puente, o que sufro en cada zancada del prado, o  o que me vea llegando a meta al borde del cierre del control, llamar a mis inseparables José Luis Martín Herrera y Maxi, adquirir el dorsal O y esperar tomando una cerveza en El Quinto con el bueno de Andrés hasta que lleguen los últimos, que para ese menester yo creo que también tendremos resistencia. 

 Y, desde luego, comprar unas papeletas para el sorteo, que reparte porcentualmente muchos más premios que la Lotería Nacional, y coger los vales de comida y disfrutar de la compañía y de la amistad, que es al menos tan saludable como el deporte. Vamos, que pienso seguir acudiendo de forma indefinida como muestra de apoyo a la carrera, a la organización y a la causa, por lo menos hasta que el médico me prohíba probar la caldereta, o mi pensión me permita pagar unas cervezas. ¡Que sea por muchos años!

lunes, 21 de noviembre de 2016

Micología en San García

¡Cómo he disfrutado este fin de semana! No es sólo que haya podido dedicar el tiempo a una actividad que me gusta, es que he me ha sido posible hacerlo en compañía de gente que me quiere y a la que quiero y en un escenario emocionalmente incomparable para mi: San García de Ingelmos, el pueblo de mi madre y el lugar en el que he pasado muchos y felices momentos de infancia y juventud. El motivo, en esta ocasión, ha sido la invitación de la Asociación Salobre, a través de Julio, su presidente, para organizar unas jornadas micológicas, que se resolvieron con una gran participación de público. El viernes por la tarde, pude mostrarles una presentación de iniciación a la micología, con algunas recomendaciones y consejos que pudieran resultar útiles para la salida del día siguiente. En torno a una veintena de personas tuvieron a bien acudir a escucharme, cosa que les agradezco profundamente, especialmente a Adela, a Damián, con el que al día siguiente compartí comida, a mi amigo Antonio, a José Luis y Edu y a mi hijo Isaac. Aquí la dejo para que repase el que tenga interés en el tema. 

El sábado por la mañana nos tocaba recogida de ejemplares, para su posterior clasificación y montaje en una exposición efímera, como corresponde a la naturaleza del material, pero no por eso menos rigurosa. Nos juntamos unas 25 personas que recorrimos diferentes hábitats a lo largo de la mañana: robledal, praderas, pinar, ribera, chopera y encinar. A pesar de la escasez de lluvias y del terreno seco, todavía pudimos clasificar unas 50 especies diferentes y sobre todo, pasar una deliciosa y soleada mañana en el campo, con grata compañía y con una sorpresa añadida: De regreso al pueblo, Edu y sus chicos, que forman el grupo La Caraba, nos estaban esperando para amenizar la llegada con música tradicional de dulzaina, gaita y tamboril. 

Siguieron tocando durante la comida. Creo que es un gesto desinteresado, altruista, generoso e impagable. Durante unas horas San García se llenó de gente, de música, de algarabía, de movimiento. Un gustazo. Otra agradable sorpresa fueron las patatas meneás que preparó para todos Carmen Blázquez Salinero, con sus torreznos correspondientes y que a todos nos supieron a gloria. El flan casero con nata alcanzó la categoría de sublime, a mi parecer. Tras la comida, y con la inestimable ayuda de Lillo, de Juan Carlos, de Mónica y de Carmen, pudimos dejar lista la exposición como colofón de la jornada y para disfrute de aficionados o curiosos que quisieron acercarse durante todo el domingo. Para la clasificación pude contar, aunque fuese de forma online, con la sabiduría micológica de Tino Huidobro, que me ilustró sobre algunas especies que yo no acertaba a identificar.


No faltaron más detalles, puesto que en nombre de la Asociación Salobre, Julio me hizo entrega de un queso y una botella de vino, gesto que agradezco profundamente, a pesar de sentirme más que pagado con el cariño, los recuerdos, los abrazos y la compañía de tantos amigos y familiares como los que me precio de tener en este pueblo. Mi pueblo. 


Gracias a todos por un fin de semana inolvidable. Encantado y feliz de haberlo pasado y disfrutado con todos vosotros.

martes, 27 de septiembre de 2016

Autorretrato lingüistico


Texto que escribí a petición de mi querida Mercedes Ruiz @londones para celebrar el Día Europeo de las Lenguas, que se celebra el 26 de septiembre y que Mercedes publicó en el sitio web http://diaeuropeolenguas2010.blogspot.com.es 




Soy castellano. Lingüisticamente,  castellano viejo. Genealógicamente no lo creo, puesto que el color morucho de mi piel remite a posibles antepasados mudéjares, de los muchos que vivían en estas tierras aledañas a La Moraña, que no es otra cosa que “tierra de moros”.  Digo esto por poneros en situación y por tratar de encontrar una explicación lógica a mi gusto por las palabras que comienzan con al-, como aljibe, alquitara, alacena, alambique, albillo, alcoba, algazara, almíbar, almohada, almuerzo (aunque esta es de origen latino), alubias y algunas otras similares que evocan alegrías y pitanzas.  Hecha esta apreciación, quiero aclarar ahora eso de que soy castellano viejo en la cosa de la lengua. Lo digo porque aprendí a hablar con los dichos y expresiones del campo, del ambiente rural y agrario, de la gente vieja de los pequeños pueblos de esta Castilla mísera. Además, como hijo de esta tierra, soy leísta, o laísta, o loísta, que no lo sé con certeza, aunque tampoco puede decirse que tal cosa me quite el sueño. 
Mis antecedentes rurales me pusieron en contacto con una forma de hablar que durante unos años me avergonzó. Ya se sabe, me parecía paleta y anticuada.  Crecí en un idioma  que se sustentaba en el vocabulario de los aperos  y las labores de la tierra y en  los dichos y refranes que mi padre utilizaba para reforzar sus argumentaciones.  Aún hoy conservo esa costumbre y me gusta tuitear un refrán todos los días con la etiqueta #refranero. Recuerdo también oírle cantar canciones que hablaban de oficios perdidos, costumbres o personajes de cada  pueblo:  En Coca vive el tío Pepe, el de la panza pequeña, se puso a comer garbanzos, se comió fanega y media. En Macotera tratantes, de la lana blanca y negra...  A ver si se me ocurre algo para llevarlo también al Twitter….
 En mi casa se llamaban arvejones a los guisantes, albañal al desagüe, zolacha a la azuela,  garrapo al cerdo, bieldo a la horca, bujero al hoyo, faldriquera al monedero; fardel, costal, mancera, cedazo, romana, garrobas, arnero, modorro, eran términos familiares que me alejaban de mis compañeros de clase que se mofaban de tal vocabulario porque ellos ya usaban estuches de plexiglás, en lugar de plumieres de madera y tenían en su casa sillones de skay en vez de sillas de espadaña, y usaban loden en lugar de angüarinas y llevaban gafas Rayban, y llamaban plato al tocadiscos y bafles a los altavoces, mientras yo trataba de integrarme en un lenguaje que me resultaba increíblemente moderno comparado con el que usaban mi abuelo y mis padres.  En contraste, y por parecer un mozalbete enterado y culto, comencé a memorizar expresiones latinas del  tipo Quo usque tándem abutere Catilina patientia nostram,  diálogos de personajes de novela y diversos párrafos literarios que memorizaba completos y que me servían para sorprender a esos que me tildaban de pueblerino. ¿Qué se creían? Exhibíanse politiquillos zafios con orejas kilométricas y uñas de gavilán, era una de ellas, (de rabiosa actualidad, ¡ahora que caigo…!), Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a cuantos de la apacibilidad de su vivienda han gustado,  frase versátil y aplicable a cualquier pueblo o ciudad con tal solo cambiar el comienzo y que me permitía quedar bien con todo el mundo, o La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera que mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura, útil en el galanteo y cosas así. El hecho es que esa voluntad de alejarme de mis orígenes lingüísticos me condujo a un mundo de abundantes lecturas, que logró ampliar mi vocabulario y abrirme las entendederas. 
Sin embargo, hay un elemento lingüístico que va adherido “de serie” a cada hablante y que desvela nuestros orígenes geográficos. Es algo de lo que no puedes despegarte nunca, así estudies el español como lengua vehicular, o seas jurista, labrador, ministro, políglota o astronauta. Me refiero al acento. El mío es el propio de la zona en la que me he criado, meseteño y un tanto cantarín y pueblerino por el hecho de que alargo mucho las vocales. Hubo un tiempo en el que traté de disimularlo, pero ahora me gusta. Además, me sirve para despistar al personal sobre mi lugar de origen ya que esa forma de hablar se asemeja a la de los gallegos, o más bien a la de los asturianos. A veces me dicen, ¿eres de Asturias? , -Si. -¿Y de que parte de Asturias?  -Del mismo Asturias.
Pasada la edad de la tontuna, comencé a ver en los autores clásicos algunas de las expresiones que usaba mi abuelo y a darme cuenta de que lo que yo pensaba que eran cosas de paletos, habían sido expresiones cultas en otro tiempo, o tenían por detrás una interesante etimología, o eran palabras en desuso, o arcaísmos que nos aclaraban la evolución de algunas locuciones.  Y que los refranes son píldoras de sabiduría popular, que te ayudan a recordar fechas, tareas, o te hablan del tiempo o de la condición humana, y que Cervantes eligió esa forma de expresión, que ponía constantemente en boca de Sancho, pero también de Don Quijote, para legarnos el habla y el pensamiento de la época.  Y que las canciones tradicionales eran aún en mi niñez un vestigio vivo de la transmisión oral del conocimiento.
Lo que son las cosas, ahora me satisface recordar y utilizar palabras que aprendí entonces y que están moribundas por su falta de uso. Digamos que había que estar muy modorro para no haber visto antes que somos depositarios de un acervo cultural que hemos de difundir y conservar. Y es que como me decía mi abuelo, siempre he sido un testarrón, aunque eso era antes, ahora en todo caso soy un obstinado, que es mucho más fino,  ¡ande vas a contimparar….!