lunes, 30 de junio de 2014

Un "meme" muy memo. O sea, que no llega a memorable.



Cada vez que Doña Díriga, Dáriga, Dóriga me pide algún escrito, procuro darle cumplida satisfacción. Es una lianta, pero la tengo mucho cariño y no se negarle nada. Hoy me toca participar en un proyecto denominado Blog Hop Project, que consiste, al parecer en contestar a cuatro preguntas: ¿Sobre qué estoy escribiendo actualmente? ¿En qué difiere mi escritura de la de otros que desarrollan el mismo género? ¿Por qué escribo lo que escribo? ¿Cómo es mi proceso de escritura?, y en pasarle la pelota a otros tres blogueros para que continúen la historia, en uno de esos procesos piramidales que tanto proliferan últimamente por las redes.



Cuándo uno piensa en un escritor, se imagina a prolíficos autores como Galdós, trabajando durante horas intensamente, como Tolstoi, o como Alonso de Madrigal, escribiendo a la luz de un pábilo, ganándose el sobrenombre de Tostado, porque su piel se ennegrecía con el humo de  las velas, o a gente de oficio, que madruga y se encierra en un cuarto hasta escribir un número de páginas, como Marcial Lafuente, o Javier Marías. Formas de escribir hay tantas como escritores. Y manías, sobre todo muchas manías: Unos fuman, otros pasean por la habitación, otros necesitan silencio absoluto, otros un papel verjurado crema, una estilográfica Mont-Blanc o una vieja Olivetti. La cosa es convocar a las musas y a poder ser, que éstas te encuentren trabajando, como decía Picasso. Pero claro, hablamos de escritores, de autores serios, de gente con rigor. No es mi caso. Yo sólo soy escritor para mi amigo @o_fragha  y cuando @londones me requiere, el resto del tiempo soy bibliotecario, o correcaminos, o lector, aunque una de las cosas que más me gusta es ser comensal en una mesa repleta de amigos. Ahí lanzo el guante.  Si luego hay que escribir sobre ello, se escribe, y se vuelve a disfrutar, que la escritura también vale para eso, para volver a vivir momentos que te gustaron y para compartirlos con los demás.  Por eso, cuando empecé a correr se me ocurrió escribir y recoger las crónicas de las carreras en las que participaba en un blog, en el que también pueden encontrarse algunas otras cosas, como una apología del vino, o recordatorios de diversos eventos y quedadas amistosas. Poca chicha. No soy muy dado a las reflexiones profundas, ni  soy sistemático, ni ordenado. Al contrario, me considero un tipo anárquico, desordenado y sin método, poco dado a imponerme obligaciones, que escribe simplemente cuando le apetece y no planifica previamente, o sea que ahora mismo no estoy escribiendo nada.  Mejor dicho, estoy escribiendo estas líneas y en la cabeza sólo tengo sitio para mis inminentes vacaciones, por lo que voy a tratar de agilizar el proceso.  Aunque eso sí, me gustaría ponerme un día a escribir una novela, posiblemente social, o de ambiente rural, o de la vida en el campo, o de tipo familiar, es decir, de cosas que me resulten cercanas, y es que cuándo me pongo muy sesudo o quiero profundizar y mostrarme reflexivo y dejar un pensamiento o una frase para la posteridad, no me sale absolutamente nada, por lo que deduzco que mi destino no es el de abrir nuevos caminos literarios. La verdad es que me importa un comino.  Me interesa mucho más, que las cosas triviales que escribo gusten al puñado de lectores incondicionales y casi cautivos que tengo. Pero para eso he de abandonar cualquier atisbo de seriedad o de trascendencia y ponerme a contar las cosas como lo haría hablando. Digamos que escribo como hablo, pero sin meter tanto la pata, porque la escritura al fin y al cabo te permite corregir un error, o ser menos impulsivo y la palabra mal dicha no hay quien la pare. Menos mal que se las lleva el viento.  Me parece que de una u otra manera he dado respuesta a las preguntas que se plantean en este meme, que dicho sea de paso, no tengo ni puñetera idea de lo que significa, pero lo he hecho a mi manera, saltándome los esquemas, pasándome las preguntas por el forro y escribiendo las palabras que se me vienen a la cabeza en el momento. Sin filtros. Lo que no sé desvelaros es en que difiere mi escritura de la de otros. Os va a tocar leerme y averiguarlo vosotros mismos si queréis saberlo. 


Y, por último, en el uso de las facultades que me han sido conferidas cuando acepté escribir este “meme”, yo nomino, o mejor dicho, conmino a seguir con la “memería”, a @Lillomonte, @mcadenato y @gorkafm, todos ellos blogueros de referencia. Ahí os queda eso.

jueves, 15 de mayo de 2014

La senda les fabes



El mejor ingrediente que se le puede poner a una comida es el apetito, pero si además las fabes están que se deshacen, el pote bien gobernado, el jabalí delicioso y el cabrito en su punto, la cosa roza ya el pecado mortal. Indudablemente que de no haber corrido antes 21 Km, también nos hubiésemos atrevido con el menú, pero desde luego, no hubiese sido lo mismo.
A decir verdad, al rato de entrar en la meta tenía tanta hambre, que si me dicen que hay que volver a Santo Adriano, donde estaba la salida, corriendo, no lo hubiese dudado ni un momento. Al fin y al cabo la vuelta se hace cuesta abajo y para bajar todos los santos ayudan, como dicen en mi tierra. O dicho de otra manera “Pa las cuestas arriba quiero a mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo”.  Y no es pura retórica, porque he de decir que llegué a la meta de San Martín de Teverga con ganas de seguir corriendo. El paisaje me dejó tan boquiabierto que seguramente me entró más aire en los pulmones y noté menos el cansancio; por otro lado, mi inseparable compañero de travesía, Ramón Inclán, me iba ilustrando en amena y erudita charla sobre algunos detalles que a mí me pasaban desapercibidos, bien fueran sobre la vegetación, la economía de la zona, o las costumbres gastronómicas de los osos, que afortunadamente no les da por comer fabes, y a los que tuvimos la suerte de poder ver en torno al kilómetro 5. Vaya preciosidad de carrera, menudo día, y qué lujo de compañeros. La prueba discurre por la antigua vía del ferrocarril minero que bajaba el carbón hacia la zona baja del valle. El río Trubia te acompaña prácticamente durante todo el trayecto, ahora a un lado, luego al otro.  Hay zonas angostas en las que la senda parece excavada en la roca para hacerse hueco.  Farallones, agujas, cortados, gargantas, pequeñas cascadas y fuentes a lo largo del recorrido.  El paisaje te sobrecoge por la grandeza y por la belleza. A veces nos toca atravesar un túnel del que solo ves la salida al final.
Es una sensación como de correr dentro de un sueño. No ves el suelo, tan solo lo barruntas y la oscuridad hace que agudices la sensibilidad. Puedes tropezar, o pisar mal, pero no importa, es cosa de levantar un poco más los pies. La vuelta a la luz es como una explosión de colorido y el sol casi deslumbra. Y es que el día ha salido brillante y luminoso y la temperatura es perfecta para correr. Qué delicia. Además el bueno de Ramón no permite que  el entusiasmo nos haga acelerar el ritmo por debajo de los 5’. Hay que reservar fuerzas porque aunque toda la carrera es cuesta arriba, la cosa se empina un poco más a partir del kilómetro 11 y no conocemos lo que está por venir. Es la primera vez para los dos. Luego resulta que no es para tanto, pero quizás porque hemos ido al ralentí durante la primera parte. En cualquier caso es una verdad demostrable que la Media Maratón tiene 21 Km de subida ininterrumpida y eso, aunque solo sea para vacilar y sacar pecho cuando lo cuentas en el bar, hay que decirlo. No deja de ser otra forma de disfrutar de las carreras...;-)

Ésta comencé a saborearla en el autobús, a pesar del madrugón del sábado, que nos permitió llegar a Candás alrededor de las 11 de la mañana para trotar media horita por unos paisajes de ensueño, en esta ocasión al lado del mar. Salimos en dirección Perlora sin escatimar elogios al entorno. El rato era tan placentero que hubiésemos seguido corriendo de no haber topado con una hermosa cala de arenas amarillas y aguas azules, entre los acantilados de roca curiosamente negra. Cuando quisimos ver, Gabi se había quitado las zapatillas y la camiseta y chapoteaba dentro del agua, y detrás de él los demás. Braulio incluso, decidió remojarse los bajos a pelo (lástima de cámara de fotos).  El agua estaba para refrescar botellines, por lo que el baño no se demoró mucho. Curiosamente la salida fue espléndida. Ni gota de frío. Mojados, volvimos a calzarnos y emprendimos el regreso hacia Candás.  Allí, en la playa, esperaba el resto del grupo, o sea que rematamos la tirada con otro baño, en esta ocasión mucho menos impactante para el cuerpo. Incluso nos pareció que el agua estaba buenísima.  Sin lugar a dudas ha sido el rodaje más bonito de mi vida deportiva, y no solo por el paisaje, también por unos compañeros excepcionales a los que pienso unirme en más ocasiones. Es increíble el buen ambiente que se disfruta en el Club de Atletismo Macotera, qué buen rollo. Lo mismo da en el bus, que en los entrenamientos, que en las cañas todos juntos, que en la carrera.
Carmen y yo estamos agradecidísimos de la acogida dispensada. Juan Antonio se desvivió para que todo el mundo estuviese cómodo.Está pendiente de todo y de todos. Y si se le pasa un detalle, para eso está su mujer, a la que no se le escapa ni una.  Gabi, el inefable Gabi, es la amalgama del grupo, por su carácter y su forma de ser. Todo el mundo le quiere y yo he venido rendido también a su encanto personal. He conectado muy bien con mi tocayo José Luis y ya hemos quedado para alguna tirada larga por aquí; me ha caído requetebién Pepa, a la que conocía de haberla aplaudido en varios pódiums pero con la que no había tenido el placer de hablar. Me alegró enormemente ver a Pedrote, al que le debo el haber completado mi primera media en Segovia 2011, y por consiguiente las que llevo después. Ésta la hizo subido en una bici y dando ánimos a todo el mundo. En su línea. Los hermanos Bueno, Rober y Juan, siempre con su inseparable Olalla (con elle) de los que ya he dicho en algún otro post que me tienen maravillado, no sólo por lo que corren, que también, si no por su humildad y cercanía, lo que los engrandece como personas, que al fin y al cabo es lo que importa y hace que sintamos aún más admiración por estos dos campeones; mirad lo que dicen de ellos los asturianos: Ganan los buenos. 

Mención especial merece Braulio, pendiente durante toda la excursión de sacar fotos, que luego nos encanta ver; Maite, Chamorro, Manuel, el otro Juan Antonio, Gabriel, Ludi, Miguel, Jesús, con todos ellos me encantará volver a encontrarme. Sois un ejemplo de lo que tiene que ser un club, aunque me da la sensación de que esas virtudes las da el terreno macoterano.  Al igual que las morcillas de La Marrá no las igualan ni en Burgos, la buena sintonía, el carácter abierto y el compañerismo de estos paisanos, no se ven en ningún otro lugar de los que yo conozca.
La excursión me ha deparado además otras grandes alegrías: la primera desvirtualizar a @DianaAsturiana, una fiel seguidora de Twitter a la que tenía muchas ganas de conocer en persona, y que me confirmó las magníficas sensaciones que me había transmitido por la red. Ella también es runner, o sea que ya tengo otro motivo para volver a correr a Asturias. Otra fue poder correr junto a Ramón Inclán, asturiano de Pravia, casado con Nieves, una peñarandina que disfrutó como nadie aplaudiendo cada vez que un macoterano se subía al pódium. Estaba orgullosísima y contenta presumiendo delante de su marido asturiano de los buenos frutos que da la tierra de Castilla. Con Ramón hice toda la carrera, desde el principio hasta el final, en amistosa y agradabilísima charla, al menos hasta el kilómetro 16, que de ahí en adelante no daba el resuello para alardes. Además, marcamos un tiempo de 1.50'45", que al menos para mi edad y condición, no está nada mal.  Y, por si fuera poco,  para rematar tuve ocasión de dar unos abrazos y tomarme unas cañas en San Martín de Teverga, con Juan Antonio, bibliotecario de la localidad y al que hacía 12 años que no veía. No nos dejó pagar ni una cerveza. Pues nada, que se haga corredor y venga a La Carrera del Hornazo o a la Sanrocada y le inflo a comer y beber. Para que vea que aquí también sabemos tratar a los amigos.  Como detalle importante he de dejar constancia de que pudimos llegar al agua caliente de las duchas. Yo llevaba el cuerpo acostumbrado a las impresiones después del baño de mar de la víspera, que dicho sea de paso, me despejó el catarro que llevaba, pero cuando me puse debajo del chorro y noté el agua calentita no pude por menos que pensar que era el broche genial para la más bonita carrera de todas las que he tenido ocasión de participar. Y aún nos quedaba otro detalle: la comida.  
Cuándo abandonábamos el comedor le dije a uno de los camareros que salía muy descontento porque me había quedado con hambre. El pobre hombre no daba crédito. Al final se me escapó una sonrisa delatora y le confesé que era justo lo contrario. No he podido volver a hacer una comida normal desde el domingo, casi estoy todavía a fruta para bajar tan suculentos y abundantes platos. Claro, que eso me pasa por mi empeño de repetir de todo y no dejar que sobre nada en el cuenco de las alubias. La del pobre, reventar antes que sobre. Si es que no puede ser. Cuándo paro de correr, no hay quien me pare de comer. Menos mal que rematé con una copina de orujo para digerir el condumio…., en fin, razón tienen los asturianos cuando dicen eso de “con fabes y sidrina, non fai falta gasolina”, o sea que no dudaré en apuntarme cuando alguien me lo sugiera, a la carrera más espectacular y la que más satisfacciones me ha dejado: La senda les fabes...., ah, perdón, del oso. En qué estaría yo pensando...;-)


Foto de grupo. Hay que resaltar que todos los que comenzamos, logramos acabar. Felicidades a Persianas Ruano Monzón, apoyando el atletismo....Viva el macoterismo.





Y aquí el montaje fotográfico del amigo Braulio, que se tiró el fin de semana con la cámara colgada del cuello para que luego disfrutáramos recordando tan buenos momentos.



.

martes, 22 de abril de 2014

Autorretrato lector



En mi casa no había televisión. Quizá por eso me hice lector. Tampoco había libros. Bueno, en realidad había un libro de cuentos infantiles, que releí cientos de veces y que se titulaba Para mi hijo. Recuerdo también algún cuento de Calleja, y un Quijote sin pastas que leía con voracidad en las tardes invernales de mi infancia. En casa también había una Biblia, que comenzaba por el Génesis y terminaban en el Apocalipsis, como todas las biblias, y que leí sistemática y ordenadamente de pe a pa. Me gustaba hacer incursiones lectoras en el libro de los Proverbios, o en el Deuteronomio, porque encontraba sentencias que me desconcertaban, creyendo, como creía entonces, que lo que allí ponía era palabra de dios, como lo de cortar la mano al ladrón o lapidar a las mujeres adúlteras, o vender como esclavas a las hermanas que deshonraban a la familia. Aprendí que para el dios de los judíos era mucho más importante una oveja que una mujer. Y posiblemente llegué a creérmelo, reforzado por El Promotor de La Sagrada Familia, El Santo, o la revista del Padre Damián, únicas lecturas que entraban en casa. La tele seguía sin llegar, pero por aquel entonces no creo que me importase mucho, porque descubrí los tebeos: Pulgarcito, TBO, Din Dan y otras cabeceras juveniles. Si caía enfermo siempre aprovechaba la circunstancia para pedir tebeos, porque de otra manera no me los compraban, básicamente porque había que atender otras necesidades. Tenía sin embargo un vecino de mi edad, que además de televisor, guardaba una buena colección de álbumes del Capitán Trueno y El Jabato. Ni que decir tiene que nada más salir de clase, cogía la merienda y me subía a casa de mi vecino a vivir aventuras subido en un drakkar  vikingo con la bella Sigrid de Thule, o montando en los globos aerostáticos del mago Morgano y en cualquier caso, viviendo experiencias alucinantes en lejanos países de nombres exóticos, o surcando mares en los que las galernas eran frecuentes, naufragando en una tempestad y salvando desvalidas doncellas o poblaciones oprimidas por los poderosos en los confines del orbe. Un tebeo era el único pasaje necesario para viajar por el mundo y volver a casa a la hora de la cena.

Debía tener 11 años cuando cayó en mis manos el primer libro de Enid Blyton, se llamaba Misterio del vagabundo. Aún lo conservo. Después vinieron el Club de los cinco, los siete secretos...,  Blyton, la tantas veces denostada Blyton me hizo lector, como a tantos de mi generación. Desde aquí la reivindico. Alucinaba leyendo como chicos de mi edad salían de acampada, organizaban sus vacaciones sin adultos, vivían aventuras impensables, y sobre todo, desayunaban pasteles de jengibre, mermeladas de mil sabores, tartas, galletas, bacon,  huevos y también algo que llamaban rosbeef. En mi particular imaginario gastronómico  todas esas viandas han quedado grabadas como algo tan exótico como la libertad que parecían gozar unos chavales de la Inglaterra de postguerra, tan alejada del empobrecido, ultracatólico  e hiperprotector ambiente en el que yo me desenvolvía. A veces, desayunando en algún hotel de buffet libre, me vienen a la cabeza los libros de Los cinco y me acerco a por otra tanda de huevos con tocino. 


Un día descubrí la biblioteca. Allí habitaban nuevos héroes: Sandokan, Tom Sawyer, el capitán Hatteras, Nemo. Ivanhoe, Los hijos del capitán Grant..., Verne, Salgari, Twain, Fenimore Cooper, Walter Scott, empezaron a llenar mis espacios de ocio y mi cabeza de fantasías. Otros mundos infinitos se abrían para mí. Leía, leía, leía, siempre que tenía un rato, en la mesa, en la cama, en el servicio, incluso en clase. La adolescencia me trajo otros autores, otras lecturas. Pasé, en la edad prohibida, por aquellos libros para adolescentes de Martín Descalzo, me enganché después a las clásicos, a la poesía, al teatro, cualquier género me venía bien, cualquier estilo: El realismo, el naturalismo, los autores rusos... Para cuándo mi padre compró una televisión en blanco y negro de segunda mano, yo andaba ya por Sthendal, Balzac, las hermanas Bronté, Mary Shelley, Dickens, Dumas, Lampedusa… y hacía incursiones en la filosofía y en la historia. Platón, Nietzsche, Sartre, Preston, Duby, Benassar. Me dejé seducir por  los escritores malditos, Verlaine, Baudelaire, Bukovsky, Rimbaud, Sade, Horacio Quiroga, pero quizá mi experiencia literaria más intensa fue el descubrimiento de la narrativa hispanoamericana, principalmente Cortázar, Rulfo, Monterrosso, Carpentier y sobre todo el literato completo, el genial García Márquez. Algunos cientos de libros después la literatura me regaló a Saramago, el autor que más me ha marcado, que más me ha hecho pensar, que más he admirado. Leí con fruición, con voracidad, todo lo que caía en mis manos, durante años. Con la edad selecciono más lo que quiero leer, me deleito con Maalouff, Kundera, Galeano, Millás y tantos otros, que me han ido enriqueciendo en cada página. Si un libro no me atrapa en las primeras páginas, lo abandono sin ningún remordimiento, aunque a veces vuelva a darle una segunda oportunidad. En ocasiones leo, incluso, con el televisor encendido. Será por eso que se me atraganta Borges, que no he podido con el  Ulises de Joyce y que no soy capaz de pasar de las primeras páginas de La Divina Comedia, pero ya encontraré el momento, aunque para ello tenga que poner la tele de cara a la pared.

martes, 8 de abril de 2014

¿Qué tendrá Segovia...?



No sé cómo me las arreglo, pero últimamente no me libro de comidas “especiales” la víspera de las carreras. No es que haga mucho por eludirlas, claro está, porque además soy débil y acabaría cayendo en la tentación al final, así que buena gana de pasar mal rato.  Además, que hay quien come para correr y quien corre para comer. Yo soy de esos últimos. No es que corra con esa motivación únicamente, pero no es la menor. Eso de poder darte el gustazo de comer lo que te gusta, y en la cantidad que quieras, sin preocuparte por subir de peso es algo que deberían probar los que hacen dietas macrobióticas.  Sin ir más lejos, el sábado, me puse tibio a tostón en Peñaranda con unos amigos. El tostón, para aquellos que no sean de esta zona de Castilla, es el garrapo recién destetado, el lechón de no más de 21 días, que sólo se ha alimentado de leche materna.  El más lustroso de la camada puede llegar a sobrepasar los 5 kilos de peso, pero lo habitual es que tenga entre 4 y 5 kilos en vivo. En casa, cuando yo era chaval, criamos muchos lechones que vendíamos con destino a los restaurantes de la zona, pero si había algo que celebrar, mi padre cogía el más gordo de todos, sencillamente porque era el mejor. Con los tostones ocurre como con la fruta. Si es del mismo árbol, mejor cuánto más gorda. Esta delicia culinaria es conocida en una amplia zona de Castilla, pero sobre todo en el llamado triángulo del tostón, cuyos vértices son Arévalo, Segovia y Peñaranda. La mayoría de la gente conoce la imagen de Cándido, el segoviano, partiendo este manjar con un plato de porcelana, prueba determinante de una cocción correcta…. Lo que son las cosas. En mi casa si rompías un plato, te quedabas sin tostón…

El aspecto inmejorable....
Pues bien, que tiendo a dispersarme, con el tostón aún en el cuerpo, acudí el domingo a disputar, (mejor dicho correr, que no estoy yo para disputas), la media maratón de Segovia. Le debía una crónica a esta carrera. Fue la primera a la que me apunté hace ahora tres años y a ella la debo mi afición a correr. Bueno, a ella y a Pedrote, que me acompañó en aquella ocasión desde la salida, (y eso que salí el último), hasta la llegada, siempre pendiente de que no me faltara agua, de animarme, de marcarme un ritmo cómodo, de darme aliento en las subidas. Impagable lo que hizo por mí en aquella carrera memorable. También se lo debía a Juan Alejo, que me dio consejos durante las semanas previas para que hiciera un entrenamiento que me permitiera terminarla, y por supuesto, a Domingo Méndez y a Enrique Rubio que se acercaron desde Cieza hasta Segovia con el fin de acompañarme en esa aventura. Tras muchas fatigas logré terminar en aquella ocasión en 2 horas 8’, reventado, pero pletórico de alegría y con lágrimas en los ojos. La recta final fue para mí un auténtico deleite. Los que nunca han empezado, no saben el placer que da terminar.

Con Domingo y Enrique, antes de la salida de la MM de Segovia en 2011. También están Consuelo y Pilar


Con Pedrote, en 2011. Le debía esta foto
Tras la primera MM que hice en Segovia en 2011, con Juan "Alejo"
Han transcurrido tres años desde aquello, he corrido ya una docena de medias maratones, e incluso una entera, pero no había vuelto a Segovia. Se presentó la oportunidad de hacerlo este año, ya que se animaban también muchos de los amigos del club: Zubiri, Mako, Alvarito, Rony, José Luis, Manuel, Pifo, Luismi…en fin, que no iba solo.  Nos enteramos además que este año habían modificado el recorrido para hacerlo más suave y sobre todo más monumental. Y eso motiva siendo Segovia una ciudad riquísima en patrimonio.  La primera vez me pareció bonita, pero con el nuevo trazado ha ganado mucho.  Si no fuera por la espectacularidad de la de Salamanca, diría que es la más bonita de las medias urbanas que he tenido el gusto de correr.  Pero no quiero ser localista, o sea que diré que cualquiera de ellas puede encabezar esa clasificación. A favor de la de Segovia juega la espectacular puesta en escena de la salida: los paracaidistas aterrizando junto al acueducto; los artilleros, con traje de gala, disparando el cañonazo que da inicio a la carrera; un grupo de militares corriendo en formación con emblemas y estandartes, y cantando canciones de la mili, según se comentaba, porque como objetor de conciencia histórico, no estoy muy versado en músicas castrenses. Hay estampas en la carrera que sólo pueden calificarse de sublimes. Correr entre los árboles junto al Eresma, viendo los chapiteles del impresionante alcázar, es una estampa de las que no se olvidan.  Me dio lugar a cantarle a Mako aquella estrofa del Poema de Los Comuneros que dice : “Ya puede quedar Ronquillo, a la orilla del Eresma, que Segovia no se rinde, Segovia no se doblega.” O entrar corriendo en Segovia, con el acueducto como testigo, subiendo hacia la Casa de los Picos por la calle de Juan Bravo, comunero que se levantó contra el absolutismo imperial de Carlos V y al que aún se rinde homenaje. Quizá si se comprendiera la naturaleza democrática y socializadora de la revuelta habría gobiernos que no resistirían la tentación de llevarse por delante el nombre de la calle, la estatua y el recuerdo de aquella revolución. A lo que estamos. Desde esta calle se puede apreciar la silueta de la catedral, la última que se construye en España en estilo gótico, gótico flamígero para ser más exactos, igual que la de Salamanca. A lo largo del recorrido se pueden contemplar 21 iglesias, algunas de hermosísima factura románica, como la de San Millán, con la galería porticada anterior, típica de la zona. Desde luego el goce estético contribuye de algún modo a relajar la mente y paliar el sufrimiento en las piernas de tanto subir y tanto terreno rompepiernas. 

Antes de salir
 

Técnicamente, los primeros 9 Km son bastante rápidos, a pesar de la pronunciada cuesta de casi 2 Km al poco de salir, ya que los 7 restantes se hacen en bajada. En este primer tramo se nos rompió Zubiri. Llevaba unos cuantos días arrastrando molestias en la corva de la pierna izquierda. Él que siempre va por debajo de lo que puede para acompañar al que se lo pide, se iba parando nada más empezar a causa de los pinchazos. 
Pero que salida más bonita
Le aconsejamos que se retirase. Optó por mandarnos marchar y pararse en torno al 5. Mako y yo continuamos a nuestro ritmo, tratando de no alegrar demasiado el paso en la bajada, a sabiendas que la carrera es larga y pasa factura en los últimos kilómetros. En el 9 como digo, se acabaron las alegrías cuando enfilamos la cuesta de Santo Domingo en dirección al centro de la ciudad. A partir de aquí, y durante aproximadamente 10 km no haces más que subir, con algún descansillo de subibajas entre medias. Cuando piensas que has llegado arriba, doblas la esquina y…, otra cuesta más. Menos mal que iba bien alimentado del día antes, porque se me hizo interminable este tramo del recorrido, a pesar de que había mucha gente animándonos en la calle. Una espontánea, daba trozos de plátano a los corredores antes de entrar en la plaza, en la que un grupo de salsa amenizaba el ambiente y la vista.  Es de destacar también el detalle de un generoso segoviano que ofrecía a los corredores sendos platos con jamón y chorizo, ya en el kilómetro 18. Ese fue un buen punto de inflexión en la carrera: Faltaba poco y cuesta abajo, y ya se sabe, que cuesta abajo el ánimo se viene arriba.
Último kilómetro
Al menos a mi.  La meta de Segovia no tiene parangón con ninguna otra de las que haya atravesado, y no sólo porque sea el único arco de llegada que no se desmonta nunca, según reza la publicidad, si no por el fantástico ambiente que se siente a ambos lados de la Avenida Fernández Ladreda, con gran cantidad de gente que aplaude y vitorea a los corredores tras las vallas, con el impresionante acueducto al fondo, sintiendo un nudo en la garganta y con el gusto del jamón del segoviano altruista aún en el paladar. Para vivirlo. Las dos veces que he llegado hasta aquí me he sentido como los ciclistas cuando suben entre la gente en esas durísimas etapas de montaña. Vas rendido, pero orgulloso de ti mismo y feliz de haber sido capaz de terminar. ¡Eso es Segovia!


Llegando a meta. 100 metros sólo



Decían los entendidos que habían modificado el recorrido y que la carrera se había suavizado. Ni hablar.  La opinión de mis piernas es que la carrera se ha endurecido. Ya sé que se ha eliminado la larguísima cuesta arriba de 7 Km desde la estatua de Cándido hasta Nueva Segovia, pero al menos ahí podías regular las fuerzas. Con el nuevo trazado, no sabes lo que te queda por subir, ni cuántas cuestas faltan para llegar arriba, no eres capaz de coger ritmo por el callejeo, las piernas se cargan por el pavimento adoquinado y el empedrado de cantos, y el pavés mojado te infunde cierto temor por los resbalones. Total, que fue un precioso Vía Crucis.

Menos mal que Juan Alejo, que para algo es mi entrenador particular y sabe lo que me conviene, nos había reservado una comida de recuperación de las que te ponen en orden rápidamente, un menú del corredor en Los Arrieros: Judiones de la Granja, Tostón asado (no le llegaba al de mi pueblo, pero no estaba mal del todo), Flan, café y chupitos de orujo.  Y un buen vino. Cómo entraba. 

Aunque ponga que es de 2013, le bebimos en 2014. Una Magnum, para ser más exactos. Y bien rico que estaba.
Y eso que ya nos habíamos empaquetado otro par de ellos antes de comer, con unos calamares fritos y unos torreznos. Por hidratar.  O sea que este año, puede decirse que acabé la carrera llenando los depósitos con el mismo combustible que utilicé para correrla: tostón y vino. Y es que corriendo en Segovia y siendo de Peñaranda, no podía ser de otra manera, aunque según dice un amigo mío, Juanto, a Segovia se la conoce por el acueducto, que si fuera por el tostón se conocería a Peñaranda.  Yo también lo creo, pero a ver si organizan una en Arévalo para completar el triángulo y probar el cochinillo arevalense.


Me gané la medalla...y el vino.
A todo esto, ni siquiera he comentado los fabulosos tiempos que se marcaron los compañeros. Bueno. Lo importante es que comimos bien. Lo de las marcas será para otra crónica.