viernes, 30 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
Nos conquistó la Reconquista
Para las cuestas arriba quiero a mi burro,
Que las cuestas abajo, yo me las subo.
En este asunto del correr influyen muchos factores de cara
al rendimiento de cada uno. No es lo mismo tener 25 años que 50, ni entrenar de
forma sistemática que hacerlo en plan anárquico, ni aspirar a ganar que
conformarse con llegar, ni pesar 54 que 88.
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| Foto de grupo |
Aquí, comparto con Gabi Ruano, patrocinador
del C.A.Macotera, la teoría de que tendrían que hacer una clasificación por
pesos, al estilo del boxeo, o al menos, que los más delgados tuviesen el
detalle de acarrear una mochila con el lastre correspondiente para hacerse una
idea de lo que nos cuesta a algunos no parar en el arcén cuando la carrera se
pone cuesta arriba. Otra cosa sería que los más robustos hiciésemos algo para
quitarnos peso de encima, pero eso es harina de otro costal y material para
otro post. A lo que voy: habitualmente sufro corriendo, eso lo llevo de
serie; las cuestas arriba, o me sacan de
punto o me dan la puntilla; pero, al llegar arriba y emprender el descenso, la
fuerza de gravedad me ayuda más que a los finitos y puedo recuperar el aliento
y algún tiempo del que cedo en la subida. Eso ha sido así hasta este sábado en Cangas de Onís, o lo que es lo mismo, en la MM Ruta de la Reconquista. No pretendo
ponerme pretencioso ni hacerme el interesante, pero os puedo asegurar que hice
un ascenso relativamente cómodo hasta el kilómetro 9, que puse la reductora
para salvar los últimos 2 kilómetros hasta el santuario de Covadonga, y que
llegué arriba jadeante pero satisfecho y gozoso pensando que lo peor ya estaba
hecho, que aún tenía fuerza en las piernas y resuello en los pulmones para
entrar en meta con el tiempo previsto en la porra de Gabi: 1 hora, 51 minutos
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| Subiendo con alegría |
Mi tocayo JL Martín Herrera hizo a mi lado toda la subida y
podrá corroborar lo que aquí escribo. A Maxi y a Mako, solo los vimos cuando
ellos bajaban y nosotros aún nos enfrentábamos a las últimas (t)rampas. Estos dos van a otro ritmo y ya se nos hacen inalcanzables. Realmente, tenía tanto miedo a lo que pudiese venir que estuve reservón toda la
ascensión y como me había imaginado un calvario de casi 11 kilómetros y sólo
fue de dos, pues me las prometía tan felices y pensé al llegar al santuario de Covadonga que la cosa no había sido para tanto. Ya, ya.
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| Descendiendo con esfuerzo |
Comenzar a descender es un alivio. Los pulmones cogen aire,
el corazón afloja el ritmo y el cuerpo se recupera. Eso si eres capaz de
controlar la bajada y no te lanzas a tumba abierta corriendo a ritmos
inalcanzables. Procuré no embalarme mucho, pero es como tratar de frenar en un
tobogán. Sabía que un poco más adelante los porcentajes se suavizan y podría
coger mi ritmo. Así, intentando regular, llegué al 15 y luego al 16 y las piernas estaban como palos
y las zapatillas se agarraban al asfalto y en lugar de bajar parecía que
subiera. Me sorprendió comprobar que las rampas se me hacían mucho más
pronunciadas en el descenso que cuando iba subiendo. No tenía la percepción de
que hubiésemos trepado por cuestas con tanto porcentaje.
La cosa comienza a
suavizarse a partir del 18, pero con terreno claramente favorable. Aquí ya iba
desconcertado y con la sensación de que no era capaz de entender lo que estaba
pasando. Esos tres últimos kilómetros los corrí más deprisa subiendo que
bajando, es decir, que la bajada se me puso cuesta arriba. Inexplicable, porque
no era cuestión de fuerzas, ya que llevaba en el estómago una buena ración de
fabada asturiana convenientemente digerida, excepto la morcilla, que quiso
estar también presente en la cueva de la santina. Agradecí como nunca el manguerazo de los
bomberos en el 20, que me refrescó el cuerpo, me dio algo de chispa de cara al
tramo final y que consideré un anticipo de la refrescante ducha que me esperaba
en la llegada. Llegué chorreando sudor por la visera de la gorra como si fuera un
alambique y empapado de arriba abajo.
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| Llegar es lo más importante, para los que no estamos destinados a ganar. |
Creo que el calor, la humedad, la engañosa dureza de la subida, la
morcilla de la fabada, la vespertina hora y el sobrepeso propio se confabularon
en mi contra para mortificarme en una bajada que se me antojó interminable e
incomodísima. No me da vergüenza decirlo, al fin y al cabo, por estos parajes
se bajó de la bicicleta el gran Miguel Induráin. Empleé en el trayecto 1 hora y
56 minutos, casi media tarde, pero con la alegría de oír a Carmen y a Trini y a
Rocío dándome ánimos en la recta de meta, se me pasó el cansancio. No se sabe
la emoción que da esto hasta que no oyes gritar tu nombre cuando estás a punto
de terminar, ni el gustazo que da llegar. Hay quien cree que a los corredores
lo que nos gusta es correr, pero yo creo que lo que más nos gusta es cruzar la
meta y parar de hacerlo. Ese momento es indescriptible.
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| Representación peñarandina |
Tan
solo Juan, Mako, me dijo que había bajado como una centella y con buenas piernas,
pero su caso es especial ya que es fruto del cruce entre mujer asturiana y
varón macoterano, por lo que está genéticamente predispuesto para digerir
fabadas o morcillas, sean o no macoteranas, sin resentirse lo más mínimo. Imagino que a Roberto y a Juan tampoco se les
atragantó nada, a juzgar por el paso que llevaban cuando nos cruzamos con ellos
en el 8,5. Eso es correr, lo nuestro, aunque discurra por los mismos trazados, no puede ser el mismo deporte.
Tras el tremendo sofocón, sólo pensaba en una ducha fresca y
reparadora, pero cuando abrí la puerta del vestuario parecía que entrara en un
baño turco. Apenas se veía con el vapor de la estancia. Menudo calor. El agua salía
abrasadora, como para escaldar tostones. Ni se aguantaba, ni podía regularse, o
sea que a lavarse al grifo del lavabo. Negra suerte la mía. Pues nada. El mundo al revés. Bajo peor que
subo y para una vez que quiero agua fría, sale hirviendo. En fin. Menos mal
que por primera vez en mi vida tuve ocasión de recibir un delicioso masaje de
piernas al terminar la carrera. Para quedarse dormido.
Para acabar el día y tras la cena, tuvimos una exhibición de
diferentes modalidades de baile a cargo de JL Martín Herrera, en un pub de
Arriondas, bajo la atenta mirada de la azafata de Brugal, que lo miraba sorprendida;
de la de su mujer, que no le quitaba el ojo de encima; y de las nuestras que no
dábamos crédito ni a la longitud de las piernas de la azafata ni al marchoso y
bien acompasado bailarín. Un magnífico
momento. Un día fantástico y un fin de semana inolvidable. Veréis por qué.
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| Con una pequeña Xana que encontré en la ruta |
El domingo por la mañana, al desfiladero de Las Xanas, un
precioso y espectacular paseo por parajes de soberbios farallones calizos, de
vegetación exuberante, de profundos barrancos y con un arroyo que discurría
encajado al fondo del valle y del que oíamos el rumor del agua sin llegar a
verlo, hasta que un punto de la ruta nos lo hizo accesible para contemplar una
poza en la que vertía una pequeña cascada, bajo un palio vegetal que no dejaba
pasar los rayos del sol. Un lugar mágico, como Las Xanas que dan nombre a la
ruta, y que son hermosísimas ninfas que pasan las horas peinando sus largos
cabellos rubios y contemplándose en el reflejo del agua de las fuentes y de las
pozas de los ríos. Yo tuve la suerte de toparme con una Xanina en lo más
frondoso del bosque. Mirad la foto-prueba si no lo creéis.
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| Con otra Xana |
Dicen que el hambre es el mejor ingrediente que se le puede
poner a la comida, pero yo creo que hay alguno más, como la sencillez de una mesa
casera, la alegría de una buena compañía, la abundancia de una refección
asturiana, la contundencia de la cocina tradicional, la maestría en las
proporciones, la calidad en los productos, la alquimia en los tiempos y el
cariño en la elaboración. Todo eso junto es el delirio. Casi se me saltan las
lágrimas cuando probé el sabor espectacular del pote, o la deliciosa crema de
cangrejo. Cuando llegué al tercer plato de la exquisita fabada me brotaba tanto
sudor como el día anterior subiendo las rampas de Covadonga. Y es que aquí te ponen de comer a tolva. Pasé casi sin
enterarme por el cabrito, y ascendí a las altas cotas de lo sublime con el
portentoso arroz con leche de casa Generosa, que así se llama el
establecimiento que contribuyó a que Asturias vuelva a ser un paraíso a
reconquistar las veces que sean necesarias. De hecho, me da por pensar que las huestes musulmanas no pretendían otra cosa de esta hermosa tierra que obtener la receta de la fabada, cosa que debió cabrear a Don Pelayo que ya veía futuro en ese plato, a juzgar por la cantidad de restaurantes que llevan su nombre. No sé si volveré a correr la Ruta de la Reconquista, pero haré todo lo que pueda por volver a sudar comiendo fabes. Me tienen absolutamente conquistado.
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| Imagen del grupo |
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miércoles, 18 de enero de 2017
Paradinas se supera. ¡Que sea por muchos años!
Podríamos decir que la Carrera del Roscón y yo llevamos
caminos paralelos, puesto que añadimos
un año más a nuestra historia en torno al 6 de enero. Puede que sea por eso que
la tengo tanto aprecio, aunque también es posible que tenga algo que ver el hecho de que es una
carrera que se organizó en su primera edición a instancias de mis queridos
Esther y Juan Antonio "Mako" y en beneficio de la AECC; o que se celebra en Paradinas,
a la puerta de casa, como aquel que dice, y que es un lugar lleno de buenas
gentes y en el que me siento cómodo y bien tratado;
o
quizás porque transcurre por caminos que
suelo transitar a menudo con otros compañeros de correrías, alguno de
ellos
paradinenses; o porque es una carrera generosa con los corredores y que
se
supera año tras año en el agasajo a todos los que en ella participamos; o
puede que sea por el magnífico ambiente que se genera en
torno a la misma; o por su carácter benéfico; o porque además de las
citadas
virtudes, es económica, integradora, estimulante y gastronómica, o
porque gran parte del pueblo se desvive para
que las cosas salgan bien; en fin, son muchas las razones para acudir a
Paradinas en la primera semana del año.
Yo, creo que no he fallado ninguna y mi intención es seguir acudiendo a
la cita al menos
hasta la edición XVI, que coincidirá con mi 65 cumpleaños y puede ser
también la de mi jubilación, de lo que no estoy tan seguro, puesto que
cuánto más me arrimo a ella (a la jubilación), más para allá me
la llevan, por lo que es muy probable que me toque llegar hasta la XX si
quiero llegar a correrla en condición de pensionista.

De momento, me conformo con llegar a la meta al menos en el mismo minuto de la edad que cumpla cada año, aunque he de decir, por
presumir un poco, que en esta ocasión he tardado 3 minutos menos en completarla
que el año pasado y apenas un minuto más que en 2013, en concreto 49’18”, lo que supone una buena marca dado mi
edad, que podéis deducir del párrafo anterior, y de mi condición física de
percherón, más adaptado al trote cansino de mulo viejo que al galope veloz del
pura sangre Roberto Bueno, que se ha marcado este año el récord de la prueba
sin despeinarse. A decir verdad, yo tampoco me despeino, porque tengo la
ventaja de estar desmelenado desde que tenía 40 años. Puede que para entonces pueda
conseguir algún pódium, siempre y cuando a la organización se le ocurra hacer
una clasificación por pesos, igual que en el boxeo, porque con la de edad está
visto que no tengo nada que rascar.
En cualquier caso ya estaré atento para que
cuando barrunte que no sonrío al pasar bajo el puente, o que sufro en
cada zancada del prado, o o que me vea llegando a meta al borde del
cierre del control, llamar a mis inseparables José Luis Martín Herrera y
Maxi, adquirir el dorsal O
y esperar tomando una cerveza en El Quinto con el bueno de Andrés hasta
que
lleguen los últimos, que para ese menester yo creo que también tendremos
resistencia.
Y,
desde luego, comprar unas papeletas para el sorteo, que reparte
porcentualmente muchos más premios que la Lotería Nacional, y coger los
vales
de comida y disfrutar de la compañía y de la amistad, que es al menos
tan saludable como el deporte. Vamos, que pienso seguir acudiendo de
forma indefinida como muestra de apoyo a la carrera, a la organización y
a la
causa, por lo menos hasta que el médico me prohíba probar la caldereta, o
mi pensión me permita pagar unas cervezas. ¡Que
sea por muchos años!
lunes, 21 de noviembre de 2016
Micología en San García
¡Cómo he disfrutado este fin de semana! No es sólo que haya podido dedicar el tiempo a una actividad que me gusta, es que he me ha sido posible hacerlo en compañía de gente que me quiere y a la que quiero y en un escenario emocionalmente incomparable para mi: San García de Ingelmos, el pueblo de mi madre y el lugar en el que he pasado muchos y felices momentos de infancia y juventud. El motivo, en esta ocasión, ha sido la invitación de la Asociación Salobre, a través de Julio, su presidente, para organizar unas jornadas micológicas, que se resolvieron con una gran participación de público. El viernes por la tarde, pude mostrarles una presentación de iniciación a la micología, con algunas recomendaciones y consejos que pudieran resultar útiles para la salida del día siguiente. En torno a una veintena de personas tuvieron a bien acudir a escucharme, cosa que les agradezco profundamente, especialmente a Adela, a Damián, con el que al día siguiente compartí comida, a mi amigo Antonio, a José Luis y Edu y a mi hijo Isaac. Aquí la dejo para que repase el que tenga interés en el tema.
El sábado por la mañana nos tocaba recogida de ejemplares, para su posterior clasificación y montaje en una exposición efímera, como corresponde a la naturaleza del material, pero no por eso menos rigurosa. Nos juntamos unas 25 personas que recorrimos diferentes hábitats a lo largo de la mañana: robledal, praderas, pinar, ribera, chopera y encinar. A pesar de la escasez de lluvias y del terreno seco, todavía pudimos clasificar unas 50 especies diferentes y sobre todo, pasar una deliciosa y soleada mañana en el campo, con grata compañía y con una sorpresa añadida: De regreso al pueblo, Edu y sus chicos, que forman el grupo La Caraba, nos estaban esperando para amenizar la llegada con música tradicional de dulzaina, gaita y tamboril.
Siguieron tocando durante la comida. Creo que es un gesto desinteresado, altruista, generoso e impagable. Durante unas horas San García se llenó de gente, de música, de algarabía, de movimiento. Un gustazo. Otra agradable sorpresa fueron las patatas meneás que preparó para todos Carmen Blázquez Salinero, con sus torreznos correspondientes y que a todos nos supieron a gloria. El flan casero con nata alcanzó la categoría de sublime, a mi parecer.
Tras la comida, y con la inestimable ayuda de Lillo, de Juan Carlos, de Mónica y de Carmen, pudimos dejar lista la exposición como colofón de la jornada y para disfrute de aficionados o curiosos que quisieron acercarse durante todo el domingo. Para la clasificación pude contar, aunque fuese de forma online, con la sabiduría micológica de Tino Huidobro, que me ilustró sobre algunas especies que yo no acertaba a identificar.
No faltaron más detalles, puesto que en nombre de la Asociación Salobre, Julio me hizo entrega de un queso y una botella de vino, gesto que agradezco profundamente, a pesar de sentirme más que pagado con el cariño, los recuerdos, los abrazos y la compañía de tantos amigos y familiares como los que me precio de tener en este pueblo. Mi pueblo.
Gracias a todos por un fin de semana inolvidable. Encantado y feliz de haberlo pasado y disfrutado con todos vosotros.
martes, 27 de septiembre de 2016
Autorretrato lingüistico
Texto que escribí a petición de mi querida Mercedes Ruiz @londones para celebrar el Día Europeo de las Lenguas, que se celebra el 26 de septiembre y que Mercedes publicó en el sitio web http://diaeuropeolenguas2010.blogspot.com.es
Soy castellano. Lingüisticamente, castellano viejo. Genealógicamente no lo creo, puesto que el color morucho de mi piel remite a posibles antepasados mudéjares, de los muchos que vivían en estas tierras aledañas a La Moraña, que no es otra cosa que “tierra de moros”. Digo esto por poneros en situación y por tratar de encontrar una explicación lógica a mi gusto por las palabras que comienzan con al-, como aljibe, alquitara, alacena, alambique, albillo, alcoba, algazara, almíbar, almohada, almuerzo (aunque esta es de origen latino), alubias y algunas otras similares que evocan alegrías y pitanzas. Hecha esta apreciación, quiero aclarar ahora eso de que soy castellano viejo en la cosa de la lengua. Lo digo porque aprendí a hablar con los dichos y expresiones del campo, del ambiente rural y agrario, de la gente vieja de los pequeños pueblos de esta Castilla mísera. Además, como hijo de esta tierra, soy leísta, o laísta, o loísta, que no lo sé con certeza, aunque tampoco puede decirse que tal cosa me quite el sueño.
Mis antecedentes rurales me
pusieron en contacto con una forma de hablar que durante unos años me
avergonzó. Ya se sabe, me parecía paleta y anticuada. Crecí en un idioma que se sustentaba en el vocabulario de los
aperos y las labores de la tierra y
en los dichos y refranes que mi padre
utilizaba para reforzar sus argumentaciones. Aún
hoy conservo esa costumbre y me gusta tuitear un refrán todos los días con la
etiqueta #refranero. Recuerdo también oírle cantar canciones que hablaban de oficios perdidos,
costumbres o personajes de cada
pueblo: En Coca vive el tío Pepe, el de la panza pequeña, se puso a comer
garbanzos, se comió fanega y media. En Macotera tratantes, de la lana blanca y
negra... A ver si se me ocurre algo
para llevarlo también al Twitter….
En mi casa se llamaban arvejones a los
guisantes, albañal al desagüe, zolacha a la azuela, garrapo al cerdo, bieldo a la horca, bujero
al hoyo, faldriquera al monedero; fardel, costal, mancera, cedazo, romana, garrobas, arnero, modorro, eran términos familiares que me alejaban de
mis compañeros de clase que se mofaban de tal vocabulario porque ellos ya usaban
estuches de plexiglás, en lugar de plumieres de madera y tenían en su casa
sillones de skay en vez de sillas de espadaña, y usaban loden en lugar de angüarinas y llevaban gafas Rayban, y llamaban
plato al tocadiscos y bafles a los altavoces, mientras yo trataba de integrarme
en un lenguaje que me resultaba increíblemente moderno comparado con el que
usaban mi abuelo y mis padres. En
contraste, y por parecer un mozalbete enterado y culto, comencé a memorizar
expresiones latinas del tipo Quo usque tándem abutere Catilina patientia
nostram, diálogos de personajes de
novela y diversos párrafos literarios que memorizaba completos y que me servían
para sorprender a esos que me tildaban de pueblerino. ¿Qué se creían? Exhibíanse politiquillos zafios con orejas
kilométricas y uñas de gavilán, era una de ellas, (de rabiosa actualidad,
¡ahora que caigo…!), Salamanca, que
enhechiza la voluntad de volver a ella a cuantos de la apacibilidad de su
vivienda han gustado, frase versátil
y aplicable a cualquier pueblo o ciudad con tal solo cambiar el comienzo y que
me permitía quedar bien con todo el mundo, o La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera que mi
razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura, útil en el
galanteo y cosas así. El hecho es que esa voluntad de alejarme de mis orígenes
lingüísticos me condujo a un mundo de abundantes lecturas, que logró ampliar mi
vocabulario y abrirme las entendederas.
Sin embargo, hay un elemento
lingüístico que va adherido “de serie” a cada hablante y que desvela nuestros
orígenes geográficos. Es algo de lo que no puedes despegarte nunca, así
estudies el español como lengua vehicular, o seas jurista, labrador, ministro,
políglota o astronauta. Me refiero al acento. El mío es el propio de la zona en
la que me he criado, meseteño y un tanto cantarín y pueblerino por el hecho de
que alargo mucho las vocales. Hubo un tiempo en el que traté de disimularlo, pero
ahora me gusta. Además, me sirve para despistar al personal sobre mi lugar de
origen ya que esa forma de hablar se asemeja a la de los gallegos, o más bien a
la de los asturianos. A veces me dicen, ¿eres de Asturias? , -Si. -¿Y de que
parte de Asturias? -Del mismo Asturias.
Pasada la edad de la tontuna,
comencé a ver en los autores clásicos algunas de las expresiones que usaba mi
abuelo y a darme cuenta de que lo que yo pensaba que eran cosas de paletos,
habían sido expresiones cultas en otro tiempo, o tenían por detrás una
interesante etimología, o eran palabras en desuso, o arcaísmos que nos
aclaraban la evolución de algunas locuciones.
Y que los refranes son píldoras de sabiduría popular, que te ayudan a
recordar fechas, tareas, o te hablan del tiempo o de la condición humana, y que
Cervantes eligió esa forma de expresión, que ponía constantemente en boca de
Sancho, pero también de Don Quijote, para legarnos el habla y el pensamiento de
la época. Y que las canciones
tradicionales eran aún en mi niñez un vestigio vivo de la transmisión oral del
conocimiento.
Lo que son las cosas, ahora me
satisface recordar y utilizar palabras que aprendí entonces y que están
moribundas por su falta de uso. Digamos que había que estar muy modorro para no
haber visto antes que somos depositarios de un acervo cultural que hemos de
difundir y conservar. Y es que como me decía mi abuelo, siempre he sido un
testarrón, aunque eso era antes, ahora en todo caso soy un obstinado, que es
mucho más fino, ¡ande vas a contimparar….!
sábado, 6 de febrero de 2016
Plasencia: más que una media.
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| En la salida. Frescos, sonrientes, con las fuerzas intactas. |
La Media Maratón de Plasencia no
es una más. Tiene carácter, personalidad y un trazado precioso y entretenido en
el que se alternan tramos de tierra y de asfalto. Discurre en gran parte de su
recorrido a orillas del Río Jerte desde
el que se contemplan en algunos momentos las cumbres de Gredos, poco nevadas en
este año de primaveral invierno. Resulta especialmente agradable transitar por
La Isla, parque fluvial cercano al centro de la ciudad, repleto de árboles y un auténtico vergel para
los que llegamos desde las tierras áridas de la meseta.
Los primeros kilómetros se corren, como suele
suceder, pasados de vueltas, sobre todo en la bajada hacia el río. Se llega a
mitad de carrera casi en un suspiro gracias a un perfil ligeramente favorable,
las ganas y el buen ambiente. En realidad, es en ese punto cuando uno sabe cómo
se encuentra. Si en el 11 estás mejor que en la salida, es que el día puede
resultar favorable para hacer una buena marca. Si, por el contrario llegas
apretado, lo más razonable sería aflojar el ritmo y tratar de trasladar el
comienzo del calvario lo más cerca de la meta que se pueda. Digamos que mis
aguerridos escoltas en esta prueba, Maxi Albarrán, con el que entreno
habitualmente, ya que como él dice, “hacemos buena yunta” por nuestros ritmos
similares y una condición física y mental muy parecida, y David Oliver, el avezado maratoniano con el
que corrí el último tramo de la MM de Navalmoral de 2013, en la que conseguí
gracias a él, mi mejor marca personal en una media, me llevaron a un ritmo vivo
desde el comienzo. En ocasiones me costaba seguirlos, pero aflojaban la marcha
y volvíamos a cabalgar juntos, aunque estaba claro desde el primer
avituallamiento que era el más débil de los tres, el que más resoplaba y el que
maduraba más deprisa. No obstante, fueron kilómetros de charla amena y de enorme
satisfacción. Ponerte al día, escuchar el golpeteo de las zapatillas en el
suelo, acoplar el ritmo al de los compañeros hasta sincronizar los pasos de
forma inconsciente, notar que el corazón se acelera y que la respiración se
agita, pero sentirte cómodo corriendo…..Esas sensaciones a veces
contradictorias son la esencia de quienes tenemos esta afición y difícilmente
pueden ser comprendidas por alguien que no las ha experimentado.
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| Por La Isla. Flanqueado por Maxi y David (427 y 99) |
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| Buena yunta |
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| Puente de piedra sobre el Jerte. Comienza la parte dura |
Pude acompañar a Maxi y a David,
gracias a su generosidad, hasta el Km 18. “Cada
uno que se las arregle como pueda a partir de aquí” les dije. Y así fue. En
cuanto el terreno se puso cuesta arriba, yo fui entrando en barrena. Lo cierto
es que la primera rampa es demoledora: te rompe el ritmo, te sube las
pulsaciones y como no regules se convierte en un obstáculo insalvable. Detrás
de la primera vienen otras cuestas y también requiebros por las callejas de
Plasencia, y pavimentos duros de canto rodado y de granito. Sálvese quien
pueda. Yo, desde luego, no podía. Cuando las cuestas se empinan, la carrera es
implacable con los que flojean. Tras de mí podía sentir los jadeos casi
agónicos de otro corredor que aún tuvo fuerzas para gritar a alguien del
público: “Esto es inhumano”. Yo,
bastante tenía con luchar contra el deseo de pararme. Tenía que llegar a meta
corriendo, entre otras cosas para acabar cuanto antes con el sufrimiento y el
dolor de piernas.
Interminable. Así se me hizo la
parte final de la carrera. Ya en la recta de meta, Carmen avanzó entre el
público para ofrecerme llevar a la pequeña Lucía, la hija de Tony, un compañero
del club hasta la línea de llegada. No me atreví a hacerlo por temor a que la
niña se me cayera de los brazos, tal era el lamentable estado en el que terminé
la carrera. Como muestra diré que en estos tres últimos kilómetros, mis
compañeros me aventajaron en 3’. Menudo pajarón. Pero en eso reside también la
adicción a este deporte, en la dureza, en el esfuerzo, en sentir el cansancio
en el cuerpo, en la superación personal y sobre todo, en la lucha psicológica
contra uno mismo, que te forja el carácter y la determinación y te fortalece
mentalmente, sobre todo si desde el público alguien con una enorme barriga y un
puro en la boca te grita que no puedes con los cojones. Cierto. Pero imaginarlo
a él en la misma tesitura me hizo sonreír en tan delicado momento.
Cuanto más inclemente haya sido
el trayecto, mayor es la satisfacción de lograr terminarlo. Por eso siempre sonrío
en las llegadas y procuro hacerlo también durante el trayecto, aunque vaya
justito. Al fin y al cabo, corro para disfrutar de ello, aunque en casi todas
las carreras me toque sufrir.
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| José Luis y Tony |
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| Rony quemando brócoli en la subida |
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viernes, 3 de julio de 2015
¡Sshhhh! ¡Silencio! ¡Esto es una biblioteca!
Esta frase resume en sí misma un
modelo de biblioteca que agoniza, aunque sigue
teniendo vigencia todavía en los círculos bibliotecarios predigitales y entre algunos usuarios intolerantes. Este espíritu cartujo ha forjado una imagen
de la biblioteca y de los bibliotecarios que será muy difícil quitarse de
encima. Digo muy difícil, pero no imposible. Vivimos tiempos duros, tiempos
inciertos, tiempos de cambio. Las bibliotecas han de reinventarse. Unas pueden
optar por ser reductos de silencio y tranquilidad para lectores añosos y tiquismiquis
y estudiantes agobiados e intransigentes. Éstas se convertirán en anquilosados museos
para lectores fósiles y tendrán poco futuro, aunque conservarán seguramente su
orgullo de clase, y al igual que el
hidalgo del Lazarillo, irán poco a poco adelgazando hasta agotarse en sí
mismas. Otras optarán por abrirse a la
sociedad, por impregnarse de ella, por generar nuevos servicios y por solicitar
la palabra a quienes tienen muchas cosas que enseñar, mucho que compartir: las
personas. Las bibliotecas no somos nada
sin ellas y sin embargo, las hemos impuesto silencio en nuestras salas durante décadas.
Ha llegado la hora de pedirles que hablen. El tema es lo de menos. Una de nuestras
labores como bibliotecarios será convencerlos de que sus conocimientos son
interesantes para nosotros y para el resto del público, que tienen mucho que
aportar, que tienen cosas que decir y que pueden y deben compartirlas. A veces
ni siquiera sabemos que sabemos, pero cada
persona es un libro, como en la novela de Bradbury, con la salvedad de que
nuestra biblioteca humana, además de almacenar historias, contiene
informaciones variopintas relacionadas con los oficios, las aficiones, los gustos, los pensamientos, o las experiencias vitales. Sacarlas a la luz es la nueva mayéutica
bibliotecaria. La hemos experimentado y ha resultado altamente satisfactoria,
para los usuarios y para la biblioteca. Ellos
han descubierto un espacio que a partir de ahora será suyo, nosotros nuevas
formas de dar protagonismo a quienes verdaderamente han de tenerlo.
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