miércoles, 17 de julio de 2013

Crónicas murcianas




Si un ciezano te invita a visitar su pueblo ve prevenido. No se te ocurra hacer alardes.  de lo que comes, o de lo que corres, o de lo que nadas. Un ciezano, si lo es de nacimiento y de corazón, te diseñará un plan para dejarte desarmado sin tener que pronunciar una palabra sobre ello. Primero te ofrecerá su casa y cuando el sol se haya puesto por el horizonte te llevará a conocer Cieza desde lo alto, para que veas como luce iluminada sin tenerte que levantar de la mesa del merendero con vistas al casco de la ciudad. Allí, comenzará un ataque sin tregua, en claro compadreo con el dueño del local, para que a base de pipiranas, caracoles, aliolis, tallos de alcaparras, patatas asadas y carnes variadas a la barbacoa, ir minando tus defensas.  Cuando te retires a descansar, el ciezano habrá previsto todas tus necesidades para pasar la noche y para cuando te levantes por la mañana. A estas horas, con la barriga llena, y todavía "hidratado" con las cervezas de la cena,  ya no sabrás si su casa es tú casa, o si es él el invitado, pues gracias a su táctica de tratar a los amigos como si fueran de la familia, te moverás por su territorio como si fuese el tuyo. Pero no te confíes. Un ciezano te dejará unas horas de respiro, pero estará de nuevo operativo para la siguiente andanada a poco de salir el sol. 

Los ciezanos tienen por costumbre establecer alianzas entre ellos para tender emboscadas a los forasteros sin que estos se percaten de sus intenciones. En mi caso, fueron dos ciezanos los que trazaron el plan para que descargara las reservas con que me habían rellenado los depósitos la noche anterior. Pertrechados de zapatillas, pantalón corto y con un talante amistoso y sumamente cordial comenzamos a trotar a orillas del Segura, llaneando durante unos kilómetros, entre la huerta murciana, o por un diorama a tamaño natural de los belenes navideños, según acertado símil de mi “dominical” acompañante. Más que Belén aquello empezó a parecerse a la franja de Gaza, puesto que la cosa comenzó a ponerse seria en cuanto tomamos la ruta hacia la ermita de la patrona. “Nosotros vamos andando”, me dijeron; “sube trotando si quieres y espéranos arriba, son 1,2 Km tan solo”, me dijeron. Cuando llegué a la cruz de la ermita el palestino era yo.  El corazón se me salía por la boca.  Menos mal que una vista magnífica del valle de Ricote me recompuso el ánimo, porque las fuerzas se me quedaron en las durísimas rampas de ascenso al Morro, como creo recordar se denomina el paraje. ¡Aquí venimos a hacer series! ¡Pues hemos cogido la ruta suave, la del respeto, si vamos por la otra…!, me decían los muy bandidos. En este punto me habían conquistado ya el estómago, a base de cena, el alma, a punta de detalles y ahora también las piernas, a dolor vivo. 



Tras librar tan dura batalla, los ciezanos acostumbran a reponer fuerzas, o sea que te preparan un almuerzo con pan reciente, cerveza a discreción y morcón de Murcia como para estar dando vivas a Cieza durante un par de días.

Cuando piensas que lo has visto todo, los ciezanos te acercan a un punto de la orilla del Segura y te invitan amablemente a lanzarte al río.  Allí espera el resto del ejército para la gran ofensiva. Ya he comentado que los ciezanos buscan aliados en otros ciezanos, pero si la ocasión lo requiere extienden sus influencias y convocan a gentes de distintos puntos de la provincia, desde Totana  a Los Alcázares, pasando por la misma capital de Murcia, para conquistarte también el corazón. 
La experiencia inolvidable y maravillosa de deslizarte por un tobogán de agua durante 1,5 km es algo indescriptible. Es una mezcla de vértigo, emoción, riesgo controlado, adrenalina a tope y spa a lo grande. Esa sorpresiva sensación te deja totalmente a su merced, me refiero a la de los ciezanos, no a merced del río, que también. En este punto es cuando empiezas a desear sinceramente estar empadronado en Cieza capital, o en su defecto, en alguno de los pueblos de su provincia, para poder acudir al río a darte un baño de amistades cada vez que se te antoje. A la hora de la comida, llega la traca final, dirigida simultáneamente al paladar, al estómago y a los sentidos. El ataque es de tal magnitud que no merece la pena resistirse. Primero te sueltan una andanada de aperitivos variados, que por sí solos constituirían una comida en toda regla en la capital del reino. Cuando aparece en la mesa el magnífico arroz huertano, que te entra por la vista, te penetra por el olfato y te seduce por el gusto, sobre todo si es aliñado con salsa de ajo, date por perdido. Ya estás abducido. Para cuando lleguen los postres, los melocotones recién arrancados del árbol, el flan, los granizados variados, el licor de avellana y la caipirinha ya serás un ciezano más, pero te quedará la parte dura del asunto: tener que tomar la decisión de irte.  Sólo podrás soportarlo si te prometes a ti mismo que volverás a repetir la experiencia. 

Gracias de todo corazón a  Consuelo y Domingo, Pilar y Enrique, Carmen y Antonio, Santi (la alegría de la huerta murciana9) y Miguel, María Luisa y José Luis, Marina, Olga, Antonio Méndez, Irene....., por regalarnos un día de los que nunca se olvidan.

martes, 30 de abril de 2013

De Linares a Medina



Una de las cosas que peor llevo desde que me he aficionado a correr y participo en diferentes carreras populares, es la contención en las comidas. Sin ir más lejos, el domingo 21 de abril estaba apuntado a la Media Maratón de Medina del Campo, pero resulta que el sábado 20, mi amigo JFT, de Linares, celebraba su jubilación tras toda una vida de trabajo, en la emigración primero y más tarde en la administración local de Salamanca. Para ello convocó a un grupo de amigos a su casa para cumplimentarnos con una colación acorde a la tradición gastronómica de la provincia en la que vivimos: matanza, matanza y matanza, con un asado entremedias. A eso de la hora del ángelus, comenzamos dando buena cuenta de unas tripas culares de chorizo gordo y de salchichón, ambas de cerdo ibérico, haciendo los honores a una pata de marrano, de la misma raza que los embutidos, saludando convenientemente a un queso curado de oveja y libando sin mesura unas botellas de vino de Herguijuela, todo ello trufado con su correspondiente pan de pueblo, de ese que es todo miga y que resiste cualquier cosa que le pongas encima, no en vano se parte contra el pecho, con cuchillo chacinero, a poder ser. Para cuando llegó la hora de acercarse a la panadería a buscar el cordero asado, ya llevábamos en el cuerpo  reservas suficientes como para correr un Ironman, pero desde luego, no seré yo quien le haga de menos al lechazo, ni mucho menos a la generosidad de un amigo, aunque para ello tenga que dejar de lado mi estricta dieta macrobiótica. Menos mal que al bueno de Celso se le ocurrió llevar dos cestas repletas de “pamplina” o “maruxa”,  que de ambas formas se conoce a esta planta que nace en arroyos de aguas claras al comienzo de la primavera y que compone una ensalada de alto copete. Así nadie podrá decir que no tuvimos una dieta equilibrada. No quiero hacer recuento del vino, de los pasteles, de los aguardientes y demás mondongos artesanos, porque todo eso lo quemamos en el largo paseo de 30 minutos hasta la ermita de Linares, lo que nos permitió hacer de nuevo el hambre suficiente para merendar otro poquillo y verle por fin el hueso a un jamón que ya llevaba abierto al menos 7 horas.  Os cuento todo esto para que vayáis tomando nota y comprendáis que no se puede ser maximalista, ni en la vida, ni en el deporte. Si hay que saltarse la dieta, se salta, -de hecho yo me la salto continuamente y hasta he conseguido comer forrajes variados sin tener que tomarme un Omeprazol-, si hay que correr unos kilómetros más, se corren, si no se puede entrar antes en la meta, pues se llega después, ¡no paasssa naaadaa!


Con estos argumentos previos me presenté al día siguiente en la salida de Medina, junto a Álvaro Bernal, Pardi, Rober, Fernando, Chiri y Pifo, con la intención de finalizar otra media maratón. Creo que es la 8ª en dos años que llevo en esto.  Ando rondando los 105 minutos, pero no me da ningún bajón la autoestima si tardo 110.  La del año pasado nos resultó durísima, porque se corría por la tarde, por el calor, por el fuerte viento, por dar tres aburridas vueltas a un circuito  más bien feo y por no haber festejado el día antes ninguna jubilación, que todo hace.  Antes de empezar, me encontré a Caíto, un recio medinense de 63 años con el que hice la carrera el año pasado, o sea que ya tenía compañía para éste.  Nos colocamos a la parte de atrás del todo, entre otras cosas por no estorbar y porque es un gustazo ir adelantando corredores.
Es lo que tiene salir los últimos, que sólo puedes ir a mejor. El trazado de este año, tenía la salida en la calle Padilla,  capitán de las tropas comuneras, que anduvieron de revuelta por estos pagos hace casi 5 siglos, y la llegada en la magnífica plaza de Medina, espacio que vio nacer las letras de cambio y que tuvo tanta importancia en la economía de la Baja Edad Media y de la Edad Moderna, siendo el mercado de lana más importante de la Península. Parte de la plaza y de la ciudad fue arrasada a fuego por las tropas de Carlos V, por negar las piezas de artillería que hubieran sido utilizadas para rendir Segovia a la obediencia imperial.  Quien nos iba a decir, que varios siglos después la tierra de Castilla sigue esperando ansiosa buenos gobiernos… http://www.youtube.com/watch?v=M1e4X4S2jsM


Iba diciendo que el trazado ha sido modificado y en mi opinión, mejorado. Ahora son dos vueltas, en lugar de tres, aunque sigue existiendo un tramo, el del polígono, feo y monótono. Se agradece, no obstante, la voluntad de colocar allí un punto con música y un puesto de avituallamiento, puesto que de alguna forma hace más llevadera esa parte del recorrido.  Hay también una larga avenida en la que te cruzas con los corredores que van por delante y en el que pude ver, animar y saludar a los compañeros. Al fantástico Vitillo, que cruzó la meta en 1, 17’33, a Ángel, también con un tiempo estratosférico de 1’17”50, a Chelís, que incluso con molestias de cuello se sacó de las piernas un carrerón en 1,18’28, los hermanos Casas, en torno a la hora y media, Fernando Torres, que llegó en 1,37’, Pardi, que decía que iba de paseo y se hizo 1,37,41, Pedro, 1,39, Chiri, por debajo del 1,40’, Pifo, algo menos de un minuto después  que Chiri, Álvaro Bernal y Rober, que cruzaron juntos la meta en 1’42’ 10”. Yo seguía cerrando la delegación peñarandina con el incombustible Caíto al lado. El caso es que comenzamos rodando a 5,20’ y poco a poco íbamos cogiendo ritmos más ligeros. Tampoco para tirar cohetes, pero al fin y al cabo, uno con 63 años y más o menos los mismos kilos, y el otro , o sea yo, con 50 añazos ya , 85 en báscula,  y un #almuerzocomidameriendacena el día anterior, no está nada mal. Al menos a mí me lo parece, sobre todo si se conoce mi brillante trayectoria como fumador empedernido, sedentario recalcitrante y tragaldabas por puro gusto. En el kilómetro 18 dimos alcance a Toñi Castrillejo, del equipo Trotapinares, que transitaba en solitario. Nos acoplamos a su ritmo para cubrir la parte final. Hizo un amago de quedarse, ya casi en la recta final, pero de ninguna manera lo íbamos a consentir, ni Caíto, ni yo, o sea que la agarramos uno de cada mano y de esta manera cruzamos la meta los tres juntos en 1, 49’ 11”, a un ritmo medio de 5’11” por kilómetro. Digamos, que si quiero, puedo tardar más tiempo. En cualquier caso, un día fantástico para correr, con algo de frío en la salida, 3º, pero con un sol radiante que fue caldeando el ambiente y poniendo los termómetros en 16º a medida que avanzaba la mañana. O quizás lo que calentó los cuerpos no fue tanto el sol como el  hecho de correr, aunque a muchos de los que te están viendo les parece que vas despacio. Lo noto porque cuando  les pregunto con gesto serio, ¿han pasado hace mucho los de alante?, todos sonríen y callan.  Pero bueno, cada loco con su tema, yo de momento tengo apalabrada otra comilona en Linares para la víspera de la carrera de San Fernando, que será la próxima que corra. Perdón, quiero decir que trote.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Como los bueyes




En tiempos pretéritos, cuando las tierras se labraban con animales, los bueyes, a pesar de ser más lentos que las mulas, podían aguantar mucho más tiempo que ellas trabajando la tierra y su labor era más uniforme, sobre todo en terrenos recios.  Hubo un tiempo, en mi juventud, que trabajaba los veranos con mi padre. Eran trabajos duros, asociados al campo y a la recolección, de esos que de no ser por la edad, te inhabilitan para salir de fiesta. El vigor juvenil daba para ambas cosas a pesar de que al día siguiente había que cumplir en el tajo, casi de sol a sol.  No importaba, yo lo hacía sin rechistar. Ahora bien, en el momento que alguien me venía con prisas y me atosigaba para terminar antes,  lo único que conseguía era sacarme de punto y enfadarme. Además me cansaba rápido y tenía que pararme continuamente, por lo que el efecto era justo el contrario al deseado. Mi padre, que me conocía bien, decía: 


-Si le dejáis a su ritmo, irá despacio, pero ni parará ni levantará la cabeza. Este muchacho mío es como los bueyes. 


Ayer, corriendo por las calles de Badajoz, recordaba estas palabras. Mi única posibilidad de terminar la carrera pasaba por ser como los bueyes, lento pero resistente y seguro.  Y esa fue la estrategia que me planteé de cara a mi primer intento de terminar una maratón.  No es fácil contenerse durante los primeros kilómetros, cuando la adrenalina, el buen estado físico, la marcha de los demás, el ansia de acabar y las ganas de correr, tiran de uno. Saber medir el ritmo que le conviene a tu condición física y mantenerse en él puede resultar esencial para llegar a la línea de meta, aunque tampoco se pueda afirmar que eso sea garantía de nada.  En mi caso, tan importante como el ritmo, resultó la compañía.  Impagable. Recuerdo algún episodio ciclista en el que un emergente Induráin, sacrificaba su posición por acompañar y ayudar a su jefe de filas, que no era otro que Perico Delgado, que en el declive de su carrera andaba bastante más justo de fuerzas que su genial gregario. Me suena que esto ya lo he comentado en otra ocasión para ponderar al gran Zubiri, que ha vuelto a ser una vez más mi acompañante de lujo, mi compañero inseparable, mi fiel escudero, mi animador incansable. Somos ya muchos los beneficiados de la generosidad de Jose Mari de Castro, que encuentra más satisfacción en ayudar a los compañeros que en bajar sus propios tiempos. Se adapta a tu ritmo, te da consejos, te coge el agua, te espera, te alienta, te abre las barritas que se resisten, te habla, te mira para ver si necesitas algo o vas sufriendo, en fin, que el que tiene la suerte de correr con él, tiene la seguridad de que hay alguien a su lado que va a hacer todo lo posible por hacerle el camino más fácil. Estoy por proponer sacarle en procesión durante esta Semana Santa. Yo me apunto como costalero para llevarle en andas.  Esa misma solidaridad la he vivido con todos los compañeros de entrenamiento en esos días  en los que la auténtica motivación para salir a correr es la compañía y el buen rollo que se disfruta en este club. Hablo de Edu, de Pardi, de Adri Carabias, de Mako, de Gonza, de Rony, de Bernal, de Jose Paradinas, de Pepe el canario, de Alberto, de Adri Morales… Ahí reside parte del hecho de que los 7 miembros del club que lo hemos intentado en esta ocasión, hayamos concluido con éxito nuestra aventura, puesto que lo realmente duro es salir a entrenar con un frío de mil demonios, o cuando el tiempo amenaza lluvia, o comienza a nevar, o te pilla una granizada, en fin, todos esos días en los que lo más sensato sería quedarse en casa.  Porque el día de la carrera, lo que sobra es motivación y ganas de correr. Al menos al principio, porque a medida que pasan los kilómetros, las piernas se van cargando y las ganas de correr se sustituyen por las ganas de acabar, en el mejor de los casos, o directamente  de parar y dejarlo todo, en los ratos más peliagudos.


Creo que todos estábamos ilusionados con esta carrera, ya que la primera maratón es algo especial para cualquier corredor, y en este caso éramos cinco los que nos estrenábamos en la distancia, pero además significaba una salida de convivencia entre nosotros. Puedo decir que en ambas facetas hemos regresado colmados: Todos pudimos acabar, y nuestros lazos personales han salido muy reforzados.  Comidas compartidas, agradables paseos, cañitas por aquí, unos vinos por allá, charlas, bromas, risas e incluso algún momento de nerviosismo que acabó diluido en vino. Badajoz, muy agradable como ciudad. Lo cierto es que no esperábamos nada de ella a nivel urbanístico y artístico y acabamos gratamente sorprendidos por rincones realmente bonitos con regustos árabes,  andalusíes y una magnífica alcazaba que nos habla de su pasado fronterizo.

En lo deportivo, nos encontramos con una carrera poco concurrida, 707 inscritos, en relación con otros eventos de esta naturaleza en los que hemos podido participar, pero con una buena organización: Visita guiada por la ciudad, comida de la pasta la víspera de la carrera, gratuita para los inscritos, bolsa del corredor y los servicios habituales en la zona de meta.  El tiempo prometía lluvia durante toda la mañana. Personalmente estaba “acojonado” pensando en lo que significaría correr durante cuatro horas con lluvia, principalmente por el peso de la ropa empapada y por el roce que produce en el cuerpo, o sea que me pertreché de chubasquero atado a la cintura, por si las moscas, y me embadurné con vaselina todas las zonas susceptibles de escocerse.  En la salida, los siete hicimos una piña para desearnos suerte y buena carrera.  Es difícil describir estos momentos previos al pistoletazo. Tienes nervios, la adrenalina no te deja parar, estás deseando de comenzar, pero de lo que verdaderamente tienes ganas es de terminar. Es importante serenarse, tomarse las cosas con calma, respirar hondo y no pensar en lo que queda por delante, simplemente concentrarse en el momento y disfrutar de él. Desde luego para mi ya suponía un éxito impensable haber podido llegar hasta la salida de la prueba reina del atletismo. Mis posibilidades de realizar una maratón eran las mismas hace unos años, que las que tengo hoy de subir a la luna; el que me conoció lo sabe, o sea que a disfrutarlo.  

Comenzada la carrera, el grupo se divide: por un lado Zubiri y un servidor, rodando más lentos y por otro el resto, a los que pudimos mantener en nuestro campo visual durante los primeros kilómetros. Rápidamente Pardi se despegó del grupo y comenzó su batalla individual por completar la carrera y además hacerlo en menos de tres horas y media. La primera vuelta la hicimos sosegados y tranquilos, disfrutando y buscando buenas sensaciones. Lo cierto es que llegamos a la media maratón con fuerza en las piernas, el ánimo intacto y con ganas de seguir corriendo, sobre todo después del abrazo que me dio en el Kilómetro 20 mi amigo Isidoro, responsable de las bibliotecas públicas de la provincia de Badajoz y que me esperaba con el propósito de apoyarme y mostrarme su apoyo. Me lo prometió y no faltó a su palabra; menudo es el comandante Bohoyo.  Al poco, dejamos de ver a los corredores que iban delante de nosotros, parecía que se les hubiera tragado la tierra. Al volver una esquina, gente de la organización nos miró con sorpresa puesto que no se esperaban ver aparecer a nadie por esa calle. Lo que sucedió es que hicimos el circuito destinado a la segunda vuelta, unos 400 metros más, que hubiésemos agradecido de menos al final.  Todo fue transcurriendo sin novedad: Bebida en todos los puestos de avituallamiento, barrita energética cada 10 km, y parada técnica a mear en el 25. La temperatura ideal y el cielo nublado pero sin lluvia. Así fuimos hasta el kilómetro 30, en el que el tiempo optó por mostrarnos su otra cara: El diluvio comenzó mientras atravesábamos el Puente de Palma, con buenos truenos de fondo.  Ni me molesté en ponerme el chubasquero. Rápido se encharcó la calzada y en algunas zonas el agua nos cubría las zapatillas, pero lo cierto es que la lluvia nos dio bríos y nos marcamos unos kilómetros a ritmo vivo en los que fuimos gozando de correr y del agua que apenas sentíamos, disfrutando de adelantar atletas, recreándonos en el hecho de encontrarnos con fuerzas a pesar de los kilómetros transcurridos, sintiéndonos grandes, pletóricos, aunque las piernas comenzaban ya a resentirse. Esa sensación por si sola ya compensa el esfuerzo de tantos días. Era fantástico correr bajo la lluvia encontrándote mejor que en la salida tras haber cubierto treinta y tantos mil metros. 


Fue en el 38. De repente. Comencé a notar las piernas duras y cada paso me costaba un gran esfuerzo.  Notaba que no podía mantener el ritmo y advertí a Zubiri que aflojara el paso. Ni con esas. El flato también hizo acto de presencia. Nunca me había pasado. Respiré hondo varias veces.  Una pequeña cuesta abajo me ayudó a recuperar un poco. Lo cierto es que de respiración iba bien, no era ese el problema, eran las piernas que pedían una tregua. No pensaba dársela. Estaba claro que si había llegado hasta aquí nada iba a detenerme. Por delante,  apenas tres kilómetros, interminables, eternos;  se olía la meta, la gloria estaba al alcance de los dedos. Avanzar era mi único pensamiento.  No puedo recordar si seguía lloviendo o si ya había parado. Total, íbamos calados hasta los huesos, pero no me sentía mojado. Sólo recuerdo a Zubiri dándome ánimos. ¡¡¡Vamos, vamos, que ya está hecho, lo tenemos ahí!!! Ya se veía la silueta del Puente Real. Último kilómetro aún. Avanzar cada metro es un trabajo de voluntad, porque las fuerzas se han acabado hace un rato. Encaramos la recta final. Ya no duele nada, tan solo piensas vas a culminar un sueño, que lo has conseguido.  Venía emocionado desde hacía un rato y cuando vi a Carmen, a Almudena, a Rosa y a Leila, que nos jaleaban unos metros antes de la meta, me salían a la vez las risas y las lágrimas y me sentía como nuevo otra vez, como si acabásemos de empezar. Zubiri el Grande, me cogió la mano y atravesamos juntos la meta mientras oíamos nuestros nombres por megafonía.  Si no es porque me tiene agarrado, levito. Abrazos, besos, más risas, más lágrimas y una enorme alegría interior. El delirio. 


Qué rica sabe una ducha de agua caliente, a pesar de que al acabarla aún nos espera el cambio de la rueda del coche de Zubiri, que se reventó aparcando.  No pasa nada. Total, todos hemos acabado lo que veníamos a hacer. Estamos juntos de nuevo los siete magníficos. Nos abrazamos, nos felicitamos, nos referimos los buenos y los malos momentos, las anécdotas.  Rony se ha hecho su primer maratón en 3:30, fantástico, porque además ha ido a más durante el último tramo y no ha conocido el muro; Pardi, tiene el enorme mérito de haber ido solo durante toda la carrera, por lo que su gran proeza no es tanto haberla terminado en 3:33, como ser capaz de tener la fortaleza mental para seguir adelante en los momentos duros, en los que le tocó parar a estirar debido a ciertas molestias en los muslos;  Edu y José Luis entraron juntos en 3:37, este último en plena remontada tras su crisis del kilómetro 32, Edu más constante y sabiendo regular sus fuerzas durante la carrera, pero sabiendo sobreponerse a los malos momentos; Álvaro Bernal, que corría su segunda maratón, estaba pletórico y feliz con su 3:48. Es de esa condición. El bueno de Zubi y yo llegamos en 4:04, aunque él podría haber estado en meta media hora antes. Lo importante es que todos supimos aguantar el sufrimiento, concluir la carrera y sacar conclusiones personales de cara a la siguiente.  Yo no me la pierdo. 

Apostilla: La experiencia vivida nos ha enriquecido como personas, como corredores, como amigos, como grupo. La maratón comenzó el sábado a las 9 de la mañana, cuando nos montamos en los coches para iniciar el viaje y no terminó hasta 37 horas después, al regresar a casa. En algún caso de forma literal, puesto que mi tocayo no pegó ojo durante la noche y yo apenas pude dormir un par de horas. El ánimo que hemos recibido de nuestras mujeres, Almudena, Rosa, Leila y Carmen, que han querido acompañarnos en una experiencia única para nosotros, sólo podremos compensárselo volviéndolas a invitar a compartir con nosotros muchas más.  Muchas, muchas, muchas gracias por las esperas, por los ánimos, por aguantar la lluvia, por los madrugones, por aburriros con el monotema sin reprocharnos nada, por acompañarnos, por estar de buen humor, por llevaros bien, por no quejaros, por hacernos felices.