domingo, 11 de diciembre de 2011

Chanfaina y chapapote. Liga Cross Cabrerizos. 3ª Carrera


No sé cómo me las apaño, pero nunca acierto con la ropa para correr. El caso es que la mañana estaba fría y opté por dejar en el coche la camiseta del club, que aunque sea de manga larga es bastante fina, y me puse una térmica y una malla larga para cubrir las piernas, además de la braga del cuello, el gorro para tapar calva y orejas y los guantes. En esta ocasión no me anudé a la cintura el cortavientos para por si acaso, pero a punto estuve. La cuestión es que a los tres kilómetros me sobraba todo, porque además hubo un rato en el que el sol decidió asomarse por entre las nubes a ver evolucionar la serpiente multicolor que se formó a lo largo del camino. Algún otro corredor a mi lado se lamentaba también de haber salido tan abrigado. Pensaba en ese momento que al igual que se ponen puestos intermedios para coger agua, podrían colocar una zona en la que dejar la ropa sobrante en mitad del recorrido, que luego recogerías en la llegada al final de la carrera, pero después de acabar de correr razoné que sería mucho más fácil salir en la próxima con menos abrigo, aunque eso sí, si tuviesen la gentileza de echarnos una manta sobre los hombros nada más atravesar la meta. Y no lo digo por los Cross de Cabrerizos, en los que puedes llegar al coche en un minuto y cambiarte de ropa antes de quedarte como un chupatel. Lo que me pasa es que sudo como un pollo y si no me abrigo rápido me pillo unas buenas faringitis. De la misma manera que me enfrío pronto, también me caliento rápido. Cuándo hago ejercicios de calentamiento con los compañeros del club les digo que mientras ellos calientan un poquito yo soy capaz de dar un hervor. Teniendo presente la pequeña odisea del otro día para llegar a Moriscos, acordé con Marta salir un poco antes, lo que nos permitió realizar una buena sesión de estiramientos y el calentamiento preceptivo, con mesura y sin hervores, que una cosa es no salir entumido y otra arrancar ya cansado por un sobrecalentamiento.

Pistoletazo de salida, y… ¡A correr!

Parte del circuito lo habíamos hollado en la anterior carrera, porque volvimos a pasar al lado del vértice geodésico, único elemento reconocible que pude ver entre tanta niebla, aunque en esta ocasión, con buena visibilidad y gracias a la orografía del terreno pudimos contemplar el territorio por el que transcurría la prueba. A un lado, las feraces vegas del Tormes, excesivamente urbanizadas en mi opinión, y por otro los escarpes de arenisca erosionados por la acción del río, y que tienen toda la pinta de constituir lo que geológicamente se conoce como una terraza fluvial. En algún tramo del recorrido se podía ver la ciudad de Salamanca y su silueta inconfundible. Al fondo Los Montalvos, y los diferentes tesos que circundan la ciudad. Para la desesperación de algunos, no la mía, que tengo muy claros mis objetivos y mis limitaciones, se podía apreciar también desde ciertos puntos la distancia enorme que llevaba la cabeza de carrera con respecto a la posición de furgón de cola en la que yo me desenvuelvo. Puedo decir que por la mitad de la carrera, más o menos en el kilómetro 5, calculé que los primeros nos sacaban ya casi dos kilómetros.

Pensé que era yo solo el que tenía cierto reparo en manchar las zapatillas, pero ayer pude comprobar que estoy en mayoría, puesto que era curioso ver como los corredores nos abríamos paso por las veredas de ambos lados del camino y bien pegaditos a las cunetas tratando de pisar la hierba. El centro de la pista tenía barros que en ocasiones se pegaban a los pies, y en otras hacían resbalar al personal, pero que en todo caso, tratábamos de esquivar para preservar nuestra indumentaria sin excesivo daño. No pudo ser. Una vez que no queda más remedio que pasarla por la lavadora, ya te da igual. En cualquier caso, esa capa de chapapote debió dotar a la carrera de bonitas imágenes de lo que es un cross en esta época del año. Yo acabé agradeciéndolo por varios motivos: el primero es que había tramos que al tener que avanzar en fila india, debido a la estrecha vereda libre de barros, para adelantar al corredor precedente no te quedaba más opción que salir al lodazal, o por el contrario desistir del intento y adaptarte al ritmo. Esto me permitió recobrar resuello en algún punto del camino, porque desde luego no iba a embarrarme las zapatillas más de lo estrictamente necesario para ganar unas posiciónes; el segundo es que circulando tan cerca de la cuneta pude ver algunos ejemplares hermosos de Pleurotus eryngii, o seta de cardo. Si hubiese llevado una redecilla o algo para no tener que transportarlas de la mano el resto de la carrera no las habría dejado allí de ninguna manera. Total, carreras quedan más y setas cada vez menos.

Durante la prueba, de la gente de Peñaranda tan solo vi a Marta, puesto que hicimos la carrera alternándonos uno detrás de otro. Llegamos a la meta en el mismo tiempo. En estas pruebas, una vez resuelto el follón de la salida y que la gente se acomoda en su ritmo, acabas viendo las mismas caras, o los mismos culos, desde la mitad del recorrido hasta la meta. Otros se te van. Así me pasó con Roberto Pérez, al que fui viendo durante tres kilómetros a tiro de piedra y que desapareció en alguna revuelta del camino. En las clasificaciones he visto que me sacó 1’19”. Yo contento con mi tiempo de 53’43” en 10,5 kilómetros de rompepiernas y sube y bajas, más de subir que de bajar, por cierto. Llegué bastante entero. Ya he aprendido que las cuestas arriba te pueden si te las tomas muy a pecho. Es mejor levantar un poco el pie y llegar arriba con algo de fuelle. Al fin y al cabo se trata de disfrutar y no llegar a casa derrengado por haber quedado el 430 en lugar del 452.


Tras la llegada, la foto con la gente del club (Ángel, Fernando, Marta y Álex…). Estuve hablando un poco con Pedrote que andaba por allí y para mi alegría, pude, por fin, dar un abrazo a Fernando Rollán, (al que mencioné en la anterior crónica), que estaba desmontando la carpa de la organización. Intercambiamos teléfonos y quedamos en vernos en la San Silvestre y concretar un poco más la cena de celebración del 25 aniversario de nuestra promoción de Geografía e Historia.

Siguiente etapa: Reponer fuerzas en el bar. Una pena que cuando llegamos no viéramos ya a nadie del club por allí, pero como elemento digno de aparecer en esta crónica tengo que decir que descubrí una barra con una enorme gama de pinchos, todo ellos con una pinta excelente, entre los que llamaba la atención una chanfaina humeante aún y con un olor y un aspecto deliciosos. No sé si sería la hora, el hambre, o que estaba recién hecha, lo único que sé es que me hubiese zampado la paellera entera con una botella de vino. ¡Qué chanfaina! De haber estado por allí Edu y Álvaro, a los que me hacía ilusión encontrar, creo que nos hubiésemos hecho con ella. No importa. Ya tengo claro cuál será mi motivación para la próxima carrera.

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