jueves, 8 de diciembre de 2011

En bici
















El otro día (8 de diciembre) tuve el placer de salir a dar un paseo con la bici de montaña con Lillo, Carlos Elías, José Enrique y Alberto, en una ruta de 40 kilómetros con algunos tramos muy duros. Salimos con la helada de la mañana y una niebla bastante densa que se disipó al poco de llegar a Mancera de Abajo. No quiero ni imaginar el frío que debió chupar José Enrique en pantalón corto y con mitones sin dedos para las manos. Al menos el primer tramo, porque luego el pedaleo te calienta el cuerpo. Desde luego yo prefiero sudar a pasar frío. Disfruté de lo lindo aunque hubo momentos que sufrí lo indecible por el monte de Mancera de Arriba. Lo que parecen suaves lomas desde el coche, son rampas con unas pendientes de vértigo para una bicicleta. Hubo una en la que no controlé los cambios, me quedé clavado y no me quedó más remedio que echar el pie a tierra y subir andando. En las siguientes anduve más precavido, pero me tocó poner el plato pequeño para poder salvar el desnivel. Hubo tramos con la hierba húmeda en los que las ruedas se agarraban al terreno y parecía como si la bicicleta hubiera multiplicado su peso por tres. Atravesamos alambradas y circulamos por trochas apenas marcadas. Lo más peligroso, las canaladuras por las que discurre el agua. Si metes la rueda la caída será inevitable, pero afortunadamente no hubo consecuencias. Fuimos a dar a Duruelo y desde allí, por los prados de los coprinus, ascendimos por un camino de fuertes pendientes hasta una encrucijada en la que podíamos tirar hacia Narros o hacia Salvadios. José Enrique tenía algo de prisa y acortamos por Salvadios y de allí a Cantaracillo. Con la paradita (no más de 10 minutos) de la fuente de Duruelo, invertimos 2 horas y cuarenta y cinco minutos, lo que da idea de la dureza de la ruta. Una experiencia nueva fue la de atravesar dos regatos con bastante agua, puesto que uno de ellos tenía más de media rueda. Dudé y al final tuve que echar el pie al agua. Igual me hubiese dado porque pedaleando me los hubiese mojado igual. El agua estaba literalmente helada (había témpanos rotos flotando). Una vez que te has mojado no te importa y la verdad es que al poco te has acostumbrado y ni sientes que llevas los pies húmedos. En el segundo que tuvimos que cruzar, lancé la bicicleta y pasé sin problemas. Aquí lo peor es que calcules mal y te pegues un remojón completo, lo que para una mañana tan fría como la de ayer hubiese sido de pulmonía segura. Llegamos sin más incidentes y llenos de cascarrias y salpicaduras a remojar el gañote en el Peñaranda, dónde pudimos resarcirnos con callos, oreja, morro, sardinas y mejillones, regadas con vino y cerveza. No hay mejor cosa que llevar hambre para que todo te sepa rico, pero además la charla agradable y la compañía de Lillo, Carlos Elías y Alberto fue el colofón perfecto para una experiencia ciclista que espero volver a repetir, por el bien de mis piernas, de mi ánimo y de mi apetito.

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